Romeu Pellicciari de la boina

Sería hoy surrealista imaginar alguien que llegó a la fama como un delantero centro rompedor, tipo tanque, y que, a los 24 años, se convirtiera en el medio ofensivo derecho de lo más fino, clásico y cerebral que ha tenido la selección de Brasil. Pues, sepan que el paulista Romeu Pellicciari fue el único crack que protagonizó eso - el único.

Nacido en la ciudad de Jundiaí, el 26 de marzo de 1911, era uno de los diez hijos de una familia con raíces en Italia. Desde chaval, Romeu Pellicciari se hizo un delantero centro impetuoso y goleador del Barranco, equipo que fundara un hermano con primos y vecinos. A los 15 años, era ídolo del São João, entonces el mejor equipo de Jundiaí. Y temido, arrasador de defensas, llevando consigo el balón, los zagueros y todo le que se ponía delante. En 1929, pecho y hombros anchos, con una precoz calvicie pronunciada, semigordo y desgoznado, Romeu fue visto por el ojeador del Palestra Italia, el club de la colonia italiana de la capital. De hecho, su descubridor vio en él, además de un atacante infernal para los rivales, una cierta finura en el trato de la pelota, virtud que, trabajada, haría de él un crack de dribles cortos y sutiles. Eso fue bastante para que la fábrica de sillas de la familia Pellicciari de Jundiaí, perdiera un empleado y que la ciudad de São Paulo ganara un jugador de cuerpo mal hecho, de gesto perezoso y bonachón, llevando la boina, útil para la calvicie prematura. Como el profesionalismo aún no estaba implantado, Romeu pensaba cómo sobrevivir haciendo otra cosa. Eso fue solucionado por un dirigente que del Palestra que le financió una tintorería. Para tener de que sustentarse y para cubrir los gastos de bohemia en las noches de farras, fiestas, mujeres y cerveza, muchas mujeres y cervezas, en São Paulo, la capital.

De 1931 a 1934, Pellicciari ganó tres campeonatos estatales para el club del Parque Antarctica, donde el estadio fue inaugurado en 1933. En esos años, lo llamarían "Bororó", en alusión a un jugador potente del Corinthians. Después, obtuvo el prestigio de artista de toque primoroso y de eminente coraje, lo que le llevó a la selección de jóvenes paulistas, que ganó el torneo brasileño de selecciones federales en 1932. En la histórica goleada de 1934, Romeu hizo cuatro en el 8 a 0 que el Palestra infligió al Corinthians. Entonces el profesionalismo se instalaba y el Fluminense carioca adquirió el pase del artillero. En Río de Janeiro, en 1935, el campesino de Jundiaí, recién contratado, instaló también una tintorería para garantizar un futuro aún incierto.

Con la llegada de Pellicciari, la duda general de los cariocas fue el hecho de que fuera "casi" gordo y calvo, quizás ya era viejo... ninguno creía que sólo tenía 24 años. Eso se arregló en 1936, cuando, en la mediapunta de un equipo formado por él, Elba de Pádua Lima e Tim, ganaron el primer título tricolor. Además repitiendo en 1937 y 1938, llevando el club al tricampeonato. En la época, en los famosos Fla-Flu, Romeu apostaba con Domingos da Guia -el mejor central del planeta- quien pagaba la cena. Y así Romeu cenó mucho a cuenta de da Guia...

Tales éxitos lo llevarían a la selección absoluta de Brasil que fue al Mundial de 1938, en Francia. Allí, fuera del peso por abuso de comida y copas en el largo viaje marítimo, el crack de la gorra jugó 4 de los cinco partidos de Brasil. Y marcó tres tantos en el certamen que Brasil terminó en tercer lugar. En el empate con los checos, la expulsión de Zezé Procópio a principio del partido obligó Romeu a actuar de mediocentro y a tragarse el balón. En la semifinal, cuando Domingos da Guia hizo un penalti a Piola y que la selección perdió por 2 a 1 contra Italia, Pellicciari mandó y lideró el ataque en el lugar de Leônidas, lesionado. Al verle jugar así, emisarios de clubes europeos le ofrecieron fortunas. Y el artista las rechazó todas, prefiriendo quedarse en Río que le quería tanto. Y que él adoptó como su ciudad.

Ídolo carioca, Romeu, con casi 30 años, glotón y bueno de copas, sufría de un enemigo de peso, el peso. Para contenerlo, intentó cerrar la boca y la garganta, a la cerveza, la cachaça, o el vino tinto que acompañaba tan bien a los platos italianos. Y vaya gimnasia, baños de vapor y purgantes. Su técnico, el uruguayo Ondino Vieira, lo controlaba, exigiéndole piernas y empuje. En 1941, ya fuera de forma física, Romeu llevó el Fluminense al bicampeonato. Y la certeza de que en el estadio de las "Laranjeiras" él fue uno de los mayores astros.

En 1942, llega lo peor: la muerte de su padre en São Paulo. Pero Romeu no quería irse de Río, donde le tocaba el alma tanto el paisaje como el pueblo litoral desinhibido, tan diferente del serio del interior paulista. En Río de Janeiro, vivió la mejor fase de balón y de pareja; en Río, tenía que morir. Para el Flu, Romeu hizo 201 partidos, balanceando 86 veces las redes adversarias. Pero la mamá, recientemente viuda y llorosa, lo llamaría de vuelta a São Paulo a final de 1943. Y cuando se despidió, Romeu Pellicciari advirtió que su lugar de crack lo ocuparía Zizinho, de 22 años, de tipo indígena y altivo, un genio que impartiría clase en la mediapunta derecha del Flamengo, el equipo rival de su glorioso Fluminense Futebol Clube.

En São Paulo, reintegró la Sociedade Esportiva Palmeiras (nuevo nombre del Palestra Italia). Entonces, Brasil ya había declarado la guerra al nazi fascismo que aterrorizaba la humanidad y el astro se preparaba a vivir en paz. Terminando su oficio artístico, en 1944, libre de entrenos y de régimen, el veterano Pellicciari aceptó competir su último campeonato paulista con el Comercial, de la ciudad de Ribeirão Preto.

Despidiéndose de la pelota, Romeu se instaló en la capital como propietario de cantina - casa en el típico estilo de la trattoria italiana. Y se abandonó a la obesidad y a los recuerdos de fotos y recortes de prensa. Por las tardes, reunía a los amigos en charlas interminables. Y recordaba lo que dijeron de él, incluida la tesis de Tim, El Peón: "Romeu llevaba años sin errar un pase, tal era el virtuosismo de su toque de bola". O la frase firmada por el propio Pellicciari: "El drible tiene su hora cierta. Fuera de ella, es falsa broma". En el balance de los días gloriosos, contaba que, en 13 años de carrera, ganaría 14 campeonatos: cuatro para el Palestra/Palmeiras, 5 para el Fluminense y cinco seguidos en selecciones estatales. Eso sin contar los torneos de pretemporada o los Rio-São Paulo. En esas condiciones, se confirmó que encantara al pueblo brasileño, el 15 de julio de 1971 -fecha de su muerte súbita en la ciudad "Paulicéia", a los 60 años- el consagrado crack de la boina característica que debía tener una sonrisa de quien arma una jugada maestra. O de quien, cuando se apagaban las luces de una existencia que valió la pena, firma el gol de la victoria personal y colectiva, situación que le honraba a él y a todo Brasil. Y esa jugada de maestro, convengamos, que el viejo Pellicciari supo realizarle en todo momento en todos los estadios, comandando un equipo, cualquier equipo. O al pueblo brasileño. Eso sí también lo hizo.
Fuente: Antonio Falcao