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Francia 1 x 1 Brasil [Mundial 86]

El partido de cuartos de final del Mundial de México 1986 entre Francia y Brasil, supuso en cruce entre el recientemente coronado campeón de Europa y los indiscutibles reyes del fútbol romántico. El encuentro iba a quedar grabado para siempre en la retina. Hacía 16 años desde la última vez que Pelé, Tostão y compañía se alzaron con la Copa Jules Rimet. Y allá en su país, en Río de Janeiro, mucha gente empezaba a cuestionarse la otrora tan cacareada supremacía de Brasil en el fútbol mundial. Tras caer cruelmente ante Italia cuatro años antes , también en cuartos de final, Sócrates y Júnior volvían para recuperar su legado. Todo un símbolo como Zico también estaba allí, si bien comenzó el partido en el banquillo al no estar en perfectas condiciones.

Francia, con Michel Platini y Alain Giresse integrando una extraordinaria pareja en el mediocampo, acudía también con ganas de revancha tras la estrepitosa derrota ante Alemania sufrida cuatro años antes en la semifinal de Sevilla.

El partido comenzó marcado por las sofocantes condiciones meteorológicas, con más de 45 grados centígrados. Eludiendo el mediocampo, ambas selecciones se fueron hacia arriba, como si quisieran apaciguar al dios del sol de los antiguos aztecas, Huitzilopochtli. Júnior, con sus carreras en el ataque brasileño, apenas dejaba traslucir su edad por los mechones grises en su cabello. Sócrates, con su barba, pausado; el benevolente líder dirigiendo al equipo desde un abandonado papel en la medular. Y en punta, el peligro se llamaba Careca; heredero de Jairzinho y temido por la defensa francesa. Sin embargo, a quien seguramente no asustaba es a Manuel Amoros: el zaguero de pecho imponente, que después sería elegido mejor defensa de la fase final, era un incordio constantemente al acecho y siempre listo para la batalla.

Las dos formaciones empiezan a afilar las uñas
Brasil sabía que tendría que eludir a Amoros para ganar, pero, curiosamente, el primer disparo del partido fue obra del francés. Platini y Giresse combinaron sutilmente mediante una pared y el balón fue a parar a Amoros, a 21 metros de la portería. Su tiro envenenado con la derecha se marchó fuera por muy poco, y fue coreado por un griterío ensordecedor protagonizado por los 65.000 espectadores. Llevándose las manos a la cabeza, el zaguero retrocedió trotando con orgullo hasta su posición. Aún había mucho trabajo por hacer.

A pesar de todo el esplendor y la delicadeza en el toque de Brasil, la joie de vivre del mediocampo francés empezaba a hacerse notar. Bastaron los pases suaves, casi susurrantes del pequeño gran hombre Giresse hacia Platini, para tener de nuevo a Brasil persiguiendo sombras bajo el insoportable sol. Una jubilosa perfección presidía los toques sutiles del increíblemente diminuto Giresse hacia el lánguido y altivo Platini, con la camiseta, como siempre, por fuera de modo irreverente. Los dos reñían constantemente, como hermanos o como una pareja de casados hace tiempo. Los gestos eran auténticos, la impaciencia palpable. La demanda de genialidad era enorme, pero aun así lograban trazar sus mágicas triangulaciones por todo el verde intenso de la cancha, a pesar de las discusiones y del calor.

Pero Brasil dejó claras sus intenciones con la primera ocasión real del partido. Careca, impaciente al no llegarle balones, se dejó caer atrás, recogió el esférico y sirvió rápidamente, mediante un toque sutil con el exterior, hacia el zancudo Sócrates, que encaraba la meta rival. Pero Joel Bats comenzó su noche gloriosa y desafiante bajo el marco francés, volando para despejar el disparo instantáneo del larguirucho Doutor.

De repente, Brasil pasó a tener el control. El suyo era un juego de estilo y de ímpetu, poético e impulsivo. Aguardó su momento con tranquilidad amenazante, esperando el momento para golpear. Y cuando logró hacer sangre por primera vez, su juego empezó a manifestarse.

Brasil 'comienza' a jugar
El defensa Josimar, que había estado arrancando las exclamaciones del público mexicano con sus vigorosos envíos lejanos, miró al frente desde la derecha, próximo a la medular, y vio al enérgico Müller pidiendo el balón. Un pase de 20 metros aterrizó en la punta de su bota, y tres defensas franceses fueron hechos trizas, incluido, por una vez, Amoros. Siguió un toque rápido de Müller hacia Júnior, probando suerte tranquilamente hacia delante, y luego una pared. Nadie se dio cuenta de la internada de Careca por la izquierda; salvo el astuto Júnior, que tocó con indiferencia hacia el delantero hambriento de gol. Su misil al segundo palo no perdonó, y el estadio prorrumpió en un rugido ensordecedor. Con sólo 17 minutos de juego, Brasil empezaba a soñar con reeditar glorias pasadas tras un invierno largo y difícil.

El partido continuó, y los ataques a fondo siguieron siendo la tónica, al tiempo que todo pase atrás al guardameta recibía el abucheo implacable del público del Jalisco. Los franceses parecían apagarse, súbitamente timoratos en cierto modo. Platini se encontraba extrañamente fuera de sitio, y protestaba más de lo habitual. Pero el combativo Amoros recogió el testigo. Tras penetrar por la derecha, centró hacia la llegada de Dominique Rocheteau, a quien prefería Henri Michel frente a Jean-Pierre Papin por su experiencia. La ocasión se quedó en nada, y los franceses siguieron pasándolo mal.

Un pase extrañamente fallido de Platini pilló desprevenida a la zaga francesa. Nadie retrocedía, y Tigana se quedó colgado en la izquierda, pidiendo ayuda a gritos. Un balón largo y vertical de Sócrates, que olía a gol, llegó franco a Careca. El delantero regateó a Maxime Bossis y golpeó en diagonal hacia la frontal para Müller, que superó a su par en velocidad y tiró a puerta. Bats estaba de nuevo batido, pero esta vez el poste acudió compasivo en su ayuda.

Francia se toma un respiro por la derecha
Con el descanso cada vez más cerca, Francia buscó abrir el juego hacia la banda izquierda de Brasil, el talón de Aquiles de los sudamericanos. Amoros sirvió a Giresse, quien habilitó a Rocheteau. Su centro encontró al bullicioso delantero Yannick Stopyra, que se lanzó con valentía de cabeza a por el balón con la rabia de la juventud, en pugna con Óscar. Los dos chocaron y el balón le cayó manso a Monsieur Platini en el palo contrario. El gol estaba cantado, y el capitán francés remató con tranquilidad al fondo de las mallas, celebrando el empate sin hacer ruido mientras todo Brasil protestaba el tanto por una razón o por otra.

El segundo tiempo estuvo determinado por un profundo agotamiento. Las ocasiones llegaban, pero los goles se ausentaban. El cansancio empiezaba a hacer mella.

Una serie de ataques en ambas áreas desembocó en una oportunidad estupenda. Tigana se fue arriba y recogió un pase al primer toque de Rocheteau. Entró al área solo ante Óscar, pero le sobró el último toque, lo que permitió al guardameta retener el balón. En cualquier caso, el ritmo del partido siguió incrementándose, y el intencionado envío de Júnior en la otra área estuvo a punto de acabar con Bats en el fondo de su propia red. El balón iba de área a área bajo el calor asfixiante.

Ocasión tras ocasión, y Zico entra en juego
De nuevo Brasil acrecentó la presión, pero la retaguardia de Francia, liderada hábilmente por el rocoso Amoros, se mantuvo firme. A su lado, Bossis se empleaba como un poseso, recordando quizá su penal fallado contra Alemania en la semifinal cuatro años atrás. Por una vez, sin embargo, Careca se elevó más alto que él, y la madera volvió a salvar a Bats.

Pero de repente, apareció Zico para poner las cosas en su sitio. Entró en el campo y el primer balón que tocó lo envió al hueco hacia Branco con pase en profundidad desde el mediocampo. Bats salió corriendo fuera del área y derribó al jugador sudamericano. El árbitro rumano Ioan Igna indicó el punto penal, mientras los brasileños lo festejaban prematuramente. Y tras una rápida consulta con el capitán suplente, Edinho, Zico apartó al resto con un ademán regio de su mano. Él sería el héroe... o el chivo expiatorio.

Bats le adivinó la intención, y se lanzó a la derecha para rechazar un casi seguro gol de la victoria. Mientras los impetuosos defensas de Francia se amontonaban en torno a su portero, Platini avanzó despacio y acarició el cuello de Zico, en un cariñoso gesto de consolación de un gran número 10 a otro.

En el último cuarto de hora, el agotamiento salió a relucir, y ambos conjuntos luchaban por impedir la prórroga. Se trataba de un tema de supervivencia. Zico hizo todo lo posible por purgar su error desde el punto fatídico, pero su toque de balón le había abandonado. Visiblemente trastornado, su mirada era toda angustia. Bats salvó el gol ante Careca una vez más, y sucedió lo inevitable: la prórroga.

En el primer tiempo de la prórroga prosiguió el juego ofensivo. Los franceses parecían desvanecerse. Bossis, desesperado, suplicaba ayudas defensivas atrás. Pero, milagrosamente, los primeros 15 minutos se fueron como habían venido, sin novedad.

Una última tirada de dados: los penales
Las dos selecciones gozaron de ocasiones en el segundo periodo de la prórroga, y Francia protagonizó la más controvertida. El equipo subió con determinación a campo contrario para una última tentativa. Platini apareció de nuevo, y su perfecto pase al hueco dejó totalmente solo a Bruno Bellone, que había salido por el intrépido Giresse. Pero Óscar salió de su área y agarró al suplente con las dos manos. Bellone se enderezó, negándose a caer, pero demasiado tarde, pues la ocasión se había esfumado. Un enfurecido Platini persiguió al árbitro por todo el campo reclamando la falta.

A unos segundos del final, Luis Fernández intentó una volea desde demasiado lejos, que requirió de una disculpa inmediata ante sus desesperados compañeros. Y llegó el pitido final; momento para la versión futbolística de la ruleta rusa.

Sócrates se encaminó primero al punto fatídico. Tomó una breve carrerilla, dio unos pasos amagando, como siempre, pero Bats logró sacarle el balón con desdén. La estrella brasileña de 32 años, consciente de que ese podía ser su último partido en un Mundial, hizo a continuación el largo y solitario camino de regreso hacia el círculo central, donde las dos selecciones se sentaban juntas, como formando un solo grupo.

Héroes y villanos
El disparo de Stopyra entró como una exhalación justo por el centro, arriba, y sacó el puño desafiante mientras las redes temblaban. En el turno de Brasil, el genial Bats adivinó el lanzamiento a la derecha de Alemão, pero era demasiado duro para controlarlo. A continuación, Amoros, dudó pero lo coló dentro. El siguiente fue Zico, que golpeó el cuero con rabia. Bats se lanzó al lado equivocado.

Bellone pudo haber sido el héroe del partido cuando fue derribado por Óscar; pero su penal se fue contra el poste... dio en la cabeza de Óscar y se metió dentro. ¿Justicia? Edinho protestó el penal, pero Igna lo concedió. Francia ganaba 3-2 después de tres turnos.

Branco marcó, y le llegó el turno a Platini para mantener a los Bleus al frente de la tanda de penales. Para sorpresa de todos, le pegó muy por encima del larguero. Se llevó las manos a la cabeza... ¿tenía que perder Francia otra vez en los penales? Inmediatamente Júlio César estampó su tiro contra el poste.

Llego el turno para Fernández, con un 3-3 en los penales. Óscar se tomó su tiempo para colocarse, haciendo esperar al lanzador. El portero se fue a la izquierda, pero Fernández tiró a la derecha.

La imagen final presentaba a Platini y Fernández abrazándose de rodillas. Y como contrapunto, Zico, intercambiando su camiseta y caminando solo hacia el vestuario.
Fuente: FIFA

Italia 4 x 3 Alemania [Mundial 70]

La cima de la intensidad y el drama. Los que recuerden la semifinal de 1970 no habrán olvidado el contraste entre el oportunismo de la squadra de Gigi Rivera y la rabia por vencer de la Mannschaft del kaiser Beckenbauer. Una oposición también entre clubes, entre el Inter de Facchetti, Mazzola y Riva y el Bayern de Maier, Beckenbauer y Müller. En definitiva, un duelo entre dos conjuntos caracterizados por el equilibrio entre una defensa de hierro y unos delanteros geniales. Ésta es la crónica.

Boninsegna abre el marcador
Los dos grandes de Europa se enfrentaban para dirimir quién se las vería en la final con el vencedor del clásico sudamericano Brasil-Uruguay, que se disputaba ese mismo día en Guadalajara. Los italianos se habían proclamado campeones de Europa hacía dos años, y los alemanes, subcampeones del mundo en Inglaterra. Sin embargo, los primeros compases del partido fueron soporíferos por parte de ambos equipos. Agobiados por la responsabilidad y por el calor asfixiante que se vivía en el recién inaugurado estadio Azteca de México, los dos conjuntos se evitaban. Los espectadores presentes en el campo se mostraban bastante recatados. Hasta el balón parecía blando, por lo que Sepp Maier solicitó rápidamente cambiarlo.

Pero fueron los italianos quienes, con ese falso ritmo, sorprendieron al equipo dirigido por el viejo león, Uwe Seeler. En el minuto ocho, Roberto Boninsegna, tras conectar una pared perfecta con Luigi Riva, enganchó una semivolea desde 16 metros que dejó sin opción a Sepp Maier. A partir de ahí, dio comienzo el verdadero partido.

Los alemanes reaccionaron enseguida. El peligro vendría de los pies de Franz Beckenbauer , quien ya iba camino de convertirse en ídolo. Primero, con pase en profundidad que por poco no aprovecha Gerd Müller; luego, con una impresionante jugada que Giacinto Facchetti, capitán de la squadra azzurra, frustró dentro del área al límite del reglamento.

Empuje alemán
La Mannschaft dominó el primer período, pero los italianos contuvieron con bastante facilidad las acometidas sin chispa de Seeler y compañía. Sólo los lanzamientos a balón parado pusieron en aprietos a Italia. El incombustible delantero de Hamburgo, que con 34 años participaba en su cuarto Mundial consecutivo, remató de cabeza todos los balones.

Sin embargo, poco a poco, der Bomber Müller se fue imponiendo entre la defensa italiana. Su control algo largo de un centro con rosca al área del omnipresente Wolfgang Overath permitió el despeje de Mario Bertini. Pero su semivolea con giro desde 20 metros, dos minutos más tarde, consiguió inquietar al portero del Fiorentina (31'), a quien el entrenador, Ferruccio Valcareggi, había dado la titularidad en detrimento de Dino Zoff, para disgusto de los seguidores del friulano. Un primer susto, seguido de otro aún mayor: un misilazo de Jürgen Grabowski que el portero se vio obligado a enviar a saque de esquina.

El segundo tiempo se desarrolló con ese mismo ritmo, en aumento. Seeler, habilitado de forma excelente por el Kaiser, perdió un mano a mano con Albertosi (50'). Grabowski, cuando se cumplía una hora de juego, tampoco tuvo suerte frente al guardameta florentino. Los alemanes volvieron a perdonar cuando, interceptando un pase hacia atrás demasiado corto de Bertini, Müller presionó a Albertosi, Grabowski recuperó el balón y centró hacia atrás para Overath, quien envió el esférico al travesaño cuando el portero italiano ya estaba batido (66').

Empate en el tiempo añadido
La RFA seguía atacando, pero no conseguía abrir el cerrojo italiano. Beckenbauer se escapó a 50 metros de la portería, sin que nadie lograra detenerlo, excepto Pierluigi Cera, que "neutralizó" al zaguero del Bayern (67'): Arturo Yamakasi lo frenó de un golpe franco en el borde del área, y mientras los alemanes reclamaban penal, Beckenbauer seguía en el suelo, con el hombro derecho dislocado. Ya se habían efectuado los dos cambios permitidos por el reglamento, por lo que el muniqués tuvo que permanecer en el campo. La tensión, que había subido de golpe, pasó a un nivel superior cuando Siegfried Held soltó una volea en boca de gol que batió a Albertosi... pero no a Roberto Rosato, que salvó con una acrobacia en la línea de meta. Seeler y Müller volvieron a desaprovechar sendas oportunidades (72').

El tiempo pasaba y la Squadra parecía dirigirse inexorablemente hacia la final. Pero los compañeros de equipo de Beckenbauer, al igual que contra Inglaterra en cuartos de final, iban a hacer gala de una valentía ejemplar. En el tiempo de prolongación, tras otras dos jugadas angustiosas, el bullicioso Grabowski centró a la izquierda y el defensa Karl Heinz Schnellinger saltó al punto de penal y fusiló a Albertosi. Los italianos no daban crédito a sus ojos.

Un cuarto de hora de locura
Comenzó entonces una de las prórrogas más emocionantes de la historia del fútbol. Beckenbauer volvió al campo con el brazo en cabestrillo, lo que no le impediría multiplicar sus incursiones ofensivas. Los hombres de Helmut Schön iban a seguir apretando: Fabrizio cedió con poca fuerza a Albertosi Poletti un balón interceptado a cabezazo de Seeler, Müller se interpuso entre los dos jugadores y envió el balón al fondo de la red (95'). Los 100.000 espectadores no podían creerlo.

La euforia invadió a los alemanes, pero no durante mucho tiempo. Gianni Rivera, el niño mimado del Milan, lanzó un golpe franco desde el borde del área y el despeje de Held llegó a Tarcisio Burgnich. El defensa del Inter, a seis metros de la portería, batió cómodamente a Maier (99'). Los dos equipos estaban de nuevo empatados. Entonces el partido enloqueció por completo. Los campeones de Europa volvieron a adelantarse poco antes de la mitad de la prórroga, cuando Angelo Domenghini, desde la banda izquierda, envió un centro bien medido que Riva, cómo no, enganchó y marcó. Gigi logró así su gol número 22 en 21 encuentros defendiendo la camiseta italiana (104').

En la segunda parte de la prórroga tampoco hubo tregua, y continuó el mismo ritmo. El público vibró con cada ataque de los dos equipos, que siempre daba la impresión de ir a terminar en gol. Los alemanes volvieron a hacerse con el control del partido. Un nuevo saque de esquina permitió a Seeler hacer un pase de cabeza que el oportunista Müller envió a la red, lanzándose sobre el balón como un poseso. Rivera, clavado en el segundo palo, se llevó las manos a la cabeza. El vivo jugador del Bayern, que acababa de marcar su décimo gol de la competición, saltó de alegría con el puño en alto. Beckenbauer contuvo su júbilo, con el hombro dolorido (109'). Aún no se habían acabado las sorpresas.

26 actores para la historia
Los italianos no se vinieron abajo por esta enésima remontada alemana. Con gran empeño, Boninsegna desbordó por la izquierda y centró hacia atrás al punto de penal, para la llegada de Rivera. El mejor jugador de Europa de 1969 golpeó la pelota con el interior, sorprendió a Maier y marcó así el quinto tanto de la prórroga (111'). El goleador rossonero, que había entrado en el campo a la hora de juego, demostró que su asociación con el interista Riva, reclamada por los tifosi, podía funcionar.

El ritmo, tras dos horas de juego, alcanzó su paroxismo. Extenuados, los dos equipos terminaron el partido a cámara lenta. Los italianos, reyes del Catenaccio, se tiraban a cada contacto, enviaban el balón a las gradas y hablaban con el árbitro. Cuando sonó el pitido final, los jugadores de los dos equipos se desplomaron sobre el césped, unos en brazos de otros, sin que nadie pareciera preocuparse por quién había ganado, ni siquiera el público, enmudecido de admiración: eran 26 actores que entraban en la historia de la mano.
Fuente: FIFA

Bélgica 4 x 3 URSS [Mundial 86]

Sólo en tres ocasiones en la historia de los Mundiales un jugador ha marcado tres o más goles en un partido que no han contribuido a una victoria de su equipo. Después del polaco Ernest Wilimowski en 1938 y el suizo Josef Huegi en 1954, el soviético Igor Belanov completó el trío de goleadores perdedores el día en el que su equipo quedó eliminado ante Bélgica del Mundial de México en 1986.

A Belanov y sus compañeros no les faltó razón para maldecir su suerte. El equipo había causado furor en la fase de grupos con su veloz y entretenido fútbol de ataque. Su ideólogo, el seleccionador Valeriy Lobanovskyi, que se había hecho con el timón de la selección pocas semanas antes de la fase final, había tirado por la borda los planes de su predecesor, Eduard Malofeev, y había convocado a los jugadores de su propio club, el Dinamo de Kiev, para que lideraran la carga de la Unión Soviética. La fe en sus hombres estaba bien justificada, pues el Dinamo acababa de proclamarse un mes antes campeón de la Recopa de la UEFA.

En el equipo figuraban jugadores de calidad excepcional, como Belanov, elegido Jugador Europeo del año 1986; el dotado mediocampista Alexandr Zavarov, que había superado a Belanov en la elección del Jugador Soviético de ese mismo año; y el veterano delantero Oleg Blokhin, futuro seleccionador de Ucrania en el Mundial. Todos ellos dejaron patente su calidad y habitual soltura desde el primer partido, en el que se impusieron con un pasmoso 6-0 a Hungría. A continuación, empataron a 1-1 con el campeón de Europa, Francia, de camino a ocupar el primer puesto de su grupo y, en consecuencia, concertar una cita con Bélgica.

En claro contraste con los soviéticos, el combinado de los Diablos Rojos de Guy Thys se había metido en la segunda ronda como uno de los mejores terceros y se había anotado una única y poco convincente victoria: un 2-1 contra Irak. Aparte del prometedor Enzo Scifo, su prodigioso mediocampista de 20 años de edad, no tenían mucho más que pudiera quitar el sueño a los soviéticos, especialmente tras la pérdida de Erwin Vandenbergh y Rene Vandereycken por lesión. No es de extrañar que la mayoría de los entendidos pronosticaran que Jean-Marie Pfaff, el guardameta belga que militaba en el Bayern de Múnich, tendría un tarde movidita en León.

Siete de los integrantes del Dinamo campeón de la Recopa de Europa formaban parte de la alineación que presentó la URSS. Su compenetración se hizo evidente desde los primeros compases del encuentro, en los que empezaron por marear a Bélgica con un recital de pases cortos y rápidos, especialmente Belanov y Zavarov, que se entendieron a la perfección y no tardaron en crear el primer gol. Zavarov envió un pase al hueco para Belanov, que recibió el balón en la frontal, recortó hacia el interior y, tras una corta carrera en diagonal, se revolvió y descerrajó un trallazo que entró por el segundo palo. Mientras el balón rebotaba en el interior del poste, hinchaba las mallas y salía de nuevo de la portería, el ariete corría hacia el centro del campo celebrando uno de los grandes goles de aquella fase final. A los 27 minutos de juego, los soviéticos se adelantaban en el marcador.

Hasta ese momento, Bélgica había disfrutado de un único resquicio con un lanzamiento de falta de Scifo, que apenas dio trabajo a Rinat Dassaiev, el guardameta soviético. Nada mejor que eso había surgido del contraataque de los Diablos Rojos. Por el contrario, a falta de pocos minutos para el descanso, Pfaff se vio obligado a salir del área para evitar que Belanov transformara una ocasión clara y empeorara enormemente la situación a los belgas. La diosa fortuna les echó una mano a principios de la segunda parte. Belanov lanzó de cabeza al poste un centro que había recibido de Pavel Yakovenko, y Daniel Veyt logró despejar prácticamente sobre la línea de meta el consiguiente remate de Zavarov del balón rebotado.

En el minuto 56, Bélgica pilló desprevenida a la defensa soviética y, contra la lógica del juego, se anotó el gol del empate. Un centro de Frank Vercauteren llegó hasta Scifo, desmarcado junto al segundo poste, que tuvo tiempo para bajar el balón al suelo antes fusilar la meta de Dassaiev. Bélgica volvía a meterse en el partido, pero los hombres de Lobanovskyi se apresuraron a recuperar el paso. En el minuto 70, Jan Ceulemans perdió la posesión en el centro del campo, y los soviéticos se lanzaron al ataque a gran velocidad. Zavarov cedió una balón muy raso para Belanov y el dorsal 19, en un alarde de habilidad, se las arregló para meterlo entre Pfaff, que se había tirado para cortarle el paso, y el segundo palo.

Siete minutos más tarde, Ceulemans reparó su orgullo dañado con el gol del empate. Puede que la marcha del influyente Zavarov, al que sustituyó Sergei Rodionov, animara a los belgas, pero lo cierto es que el tanto de su capitán fue el factor decisivo que dio la vuelta al partido. Un balón largo salido de la zaga llegó hasta Ceulemans. Con gran espacio para maniobrar, y a pesar de las quejas de los soviéticos que pedían fuera de juego, Ceulemans lo controló con el pecho de espaldas a la portería, se revolvió y colocó su disparo raso por el segundo palo.

El partido se veía abocado a la prórroga, pero aún hubo tiempo suficiente para que Bélgica bendijera su suerte, cuando un lanzamiento de Ivan Yaremchuk rebotó en el larguero, y la maldijera inmediatamente después, cuando Dassaiev rechazó con ambos puños un agónico lanzamiento de Scifo. Los soviéticos, que se habían puesto por delante en dos ocasiones a lo largo de aquella tarde calurosa y tempestuosa, debían intentarlo de nuevo. No lo consiguieron, pero, en el minuto 12 de la prórroga, los belgas lograron su primera ventaja en el partido. Eric Gerets recibió el balón de un saque de esquina en corto y lo colgó hacia el segundo poste, donde Stephane De Mol, libre de marcaje, se abalanzó para enviarlo al fondo de las mallas de un potente cabezazo.

Bélgica acariciaba ya la victoria y, en el minuto 110, Nico Claesen se encargó de que no se le escapara de las manos. El suplente Leo Clijsters cabeceó un balón por encima de Claesen, quien se giró atento a la trayectoria del esférico y disparó la bonita volea con la que batió a Dassaiev. Pero ahí no acabó todo. Sesenta segundos más tarde, Belanov provocó y transformó el penal que completó su tripleta. Con los nervios a flor de piel, los belgas vieron en los últimos segundos cómo Pfaff, con la punta de los dedos, conseguía despejar por encima del larguero una audaz vaselina de Evtushenko.

La selección belga celebró a lo grande el primer pase a cuartos de final de su historia. El combinado de Thys volvió a dar la campanada contra España y llegó al final de su aventura en semifinales, donde cayó ante la Argentina de Diego Maradona. Para sus derrotados rivales, sin embargo, el camino terminó en León. Dos años después, la selección de la Unión Soviética se colgó la medalla de plata de la Eurocopa de 1988 pero, a principios de la década siguiente, el país se encontraba ya en pleno proceso de desintegración. En Italia 90, el mundo contempló por última vez aquellas camisetas rojas con la inscripción CCCP, que nunca brillaron con tanto fulgor como lo hicieron bajo el sol de México, donde la tripleta de Belanov se convirtió en uno de los regalos de despedida más memorables de los Mundiales de fútbol.
Fuente: FIFA


1º tiempo


2º tiempo


Tiempo extra

Italia 3 x 1 Alemania [Mundial 82]

El 11 de julio de 1982, bajo el brillante cielo azul de Madrid, una multitud de 90.000 espectadores abarrotaba el estadio Santiago Bernabéu para presenciar la final del Mundial de España 1982 entre dos grandes selecciones europeas: Italia y Alemania Occidental.

Los italianos impondrían su talento, se haría con un nuevo título y frustarían el sueño de los alemanes, que debieron esperar hasta 1990 para consagrarse nuevamente.

Ambas selecciones acudían con un elenco de talentos en sus filas: Dino Zoff, Giuseppe Bergomi, Claudio Gentile, Marco Tardelli y un tal Paolo Rossi, por un lado; Hans-Peter Briegel, Paul Breitner, Bernd Forster, Pierre Littbarski y Karl-Heinz Rummenigge, por el otro. Se esperaban noventa minutos espectaculares y llenos de emoción.

Desde el primer instante
El saque inicial fue para la squadra azzurra, que intentó imponer inmediatamente su ritmo de juego. Pero los germanos, a las órdenes de Jupp Derwall, trenzaron su primera oportunidad a los dos minutos de partido. Littbarski hizo un agujero por la izquierda y envió un pase en diagonal a Klaus Fischer, que le devolvió una pared. Litti disparó a puerta, pero el legendario guardameta italiano Dino Zoff atrapó el esférico sin problemas.

Pocos minutos más tarde, el alemán Karl-Heinz Rummenigge se metió hasta la cocina regateando a Bergomi y a Antonio Cabrini en el área penal y disparando a la media vuelta un balón que saldría desviado por poco.

A los cinco minutos, el banquillo italiano saltó de su asiento, al producirse una colisión en el mediocampo entre Wolfgang Dremmler y Francesco Graziani. Graziani cayó al suelo tras una fuerte carga con el hombro del fortachón alemán, y tuvo la mala fortuna de aterrizar sobre el hombro derecho. El árbitro brasileño Arnaldo Coelho hizo señas de que no se detuviera el juego, y Alemania continuó su jugada por la banda izquierda mientras el delantero italiano se retorcía en la medular con la cara crispada por el dolor.

Graziani terminó por levantarse y siguió sufriendo durante un par de minutos, pero era evidente que lo estaba pasando mal. Alessandro Altobelli entró por el ariete lesionado a los siete minutos de partido.

Aguas calmas
Una vez transcurridos los feroces minutos iniciales, el encuentro pareció estabilizarse, y Alemania probó suerte un par de veces por el ala derecha. Pero Littbarski y Rummenigge fueron incapaces de internarse en la defensa italiana, orquestada con pericia en torno al joven Giuseppe Bergomi.

Pasó un cuarto de hora sin que ninguno de los dos equipos pudiera romper el empate. Ambos contendientes neutralizaban cada vez más las acciones del rival en el mediocampo, lo que hacía que no ocurriera nada interesante cerca de la portería. En el minuto 23, el guardameta alemán Harald Schumacher pasó algunos aprietos cuando el intento de despeje de Bernd Forster pasó silbando por encima de su travesaño.

A continuación, Italia irrumpió por la izquierda. Altobelli centró al área en dirección a Conti, marcado de cerca por Briegel. Conti cayó ante la entrada de Briegel, y el árbitro no dudó en señalar el punto de penal. Los jugadores alemanes rodearon a Coelho, protestando y defendiendo la inocencia del defensor, pero no consiguieron cambiar la decisión del colegiado.

Antonio Cabrini encaró a Schumacher, el arquero alemán visiblemente menos tenso que su oponente. Cabrini arremetió, disparó, y el balón lamió por fuera el poste derecho. Italia desaprovechaba una gran oportunidad de adelantarse en el marcador.

El penal fallado fue de los pocos incidentes dignos de mención en una primera mitad por lo demás bastante decepcionante. Ambos equipos debían mostrar más arrojo si querían reclamar el trofeo del Mundial de España al final del partido. El descanso otorgó al técnico italiano Enzo Bearzot y a su homólogo alemán Jupp Derwall 15 minutos para revisar las tácticas que debían aplicar en la segunda mitad.

Demostrando quién manda
El segundo periodo arrancó con Rummenigge y Kaltz dirigiendo el avance de su equipo hasta muy adentro del campo italiano, y con la intención de acelerar el ritmo de juego, pero el único fruto de su trabajo fue un tiro libre desde los 18 metros. Poco a poco, los mediocampistas italianos tomaron el control de los acontecimientos. Los hombres de Derwall intentaron contrarrestar la superioridad técnica de sus rivales con fuerza física, pero los azzurri eran duros de pelar. Iniciando la jugada desde atrás, el arte de pases cortos de los italianos tejía peligros cada vez más complicados para la defensa germana.

En el minuto 57, con el partido algo más enredado, Stielike derribó a Conti en la izquierda. La defensa alemana fue incapaz de despejar el golpe franco resultante lo bastante lejos de su área, y Conti tomó posesión del esférico a unos 25 metros de la portería germana.

Karl-Heinz Rummenigge entró por detrás al delantero y el árbitro pitó otra falta. Mientras los alemanes seguían discutiendo la decisión arbitral, Tardelli sacó deprisa y encontró a Gentile libre de marcaje en la banda derecha. Gentile cruzó la pelota desde el borde del área y, aunque Alessandro Altobelli no alcanzó a tocarla, había llegado la hora de que Paulo Rossi demostrara por qué se había ganado la reputación de ser uno de los mejores delanteros italianos de todos los tiempos. Situado en el lugar preciso en el momento justo, conectó un cabezazo al fondo de las mallas para adelantar a Italia 1-0 en el marcador. Los alemanes volvieron a protestar, esta vez reclamando fuera de juego, pero el gol subió al marcador e Italia cobró una ventaja importante.

Se abre Alemania
Derwall tenía que reaccionar, y lo hizo en el minuto 62 sacando a otro delantero desde la banca, Horst Hrubesch, incorporando así al ataque de su equipo altura y habilidad cabeceadora para buscar el empate. Hrubesch entró en materia pocos minutos más tarde, cuando su compañero de equipo en el Hamburgo, Manfred Kaltz, colgó en el área uno de sus famosos centros cruzados. El delantero centro se elevó en el aire frente a Zoff, pero no pudo dirigir el cabezazo como hubiera querido.

El ritmo del encuentro se había acelerado a partir del tanto de Rossi. En el minuto 69, Gaetano Scirea inició otro rápido contraataque desde su propio campo. A medio camino, cambió el juego hacia la banda derecha, donde Altobelli se sumó al ataque y avanzó hasta el borde del área para engañar a Briegel con una hábil finta. Entonces Rossi recogió la pelota, miró a su derecha y pasó por raso en dirección a la carrera de Scirea. El futbolista de la Juventus optó por no disparar y devolvió de un taconazo a Rossi, que se había desmarcado dentro del área alemana. Rossi volvió a pasar en corto, Scirea recogió el balón y habilitó a Marco Tardelli en el eje central, a 17 metros de la portería. Cayéndose, Tardelli logró sacar un tiro bajo que se coló por la base del poste derecho, sorprendiendo desequilibrado a Schumacher y doblando la ventaja italiana.

Lo que ocurrió después se grabó para siempre en la memoria de los aficionados al fútbol del mundo entero. Tardelli se levantó del suelo y corrió hasta el lugar donde su entrenador y sus compañeros estaban celebrando. Mientras la multitud animaba en España, todo el mundo pudo constatar el gesto de absoluto éxtasis que se dibujó en la cara de Tardelli en ese momento.

En el palco, incluso el presidente italiano Alessandro Pertini, sentado junto al rey Juan Carlos de España, no pudo resistir la alegría y saltó de su asiento. El segundo gol sabía a definitivo.

Italia debe pelear
A falta de tan sólo 20 minutos para el final, Alemania tenía que marcar dos veces para poder optar a la prórroga. Como última tirada de los dados, Derwall hizo otro cambio y sustituyó al agotado Rummenigge por las piernas frescas de Hansi Müller. El juego entró en su fase más engorrosa, y Stielike tuvo suerte de recibir sólo una tarjeta amarilla después de zarandear al árbitro en el minuto 73.

Alemania se exasperaba por conseguir un gol que le devolviera al partido, pero sus esfuerzos atacantes se hacían cada vez más desesperados y desfigurados. Sus patadas al área y sus pases largos no resultarían argumentos suficientes para que los bicampeones del mundo consiguieran su tercer trofeo.

Fue entonces cuando, en el minuto 81, Italia acabó con cualquier duda que pudiera quedar sobre el resultado. Bruno Conti arrancó desde su propio campo en dirección a la portería alemana. Pillando a la defensa rival adelantada, Conti tuvo todo el tiempo del mundo para buscar a Altobelli, que se había deshecho de su marcador a 11 metros de la portería de Schumacher. El arquero alemán no dudó en su salida, pero Altobelli lanzó el balón fuera de su alcance y al fondo de la red para conseguir el tercero. El partido estaba más que sentenciado, e Italia a nueve minutos de poder reclamar su tercer Mundial de fútbol.

El resultado fue de 3-1, al anotar Paul Breitner el gol de consolación alemán a siete minutos del final. La reacción de Breitner, no obstante, lo dijo todo sobre el estado de ánimo en el bando germano: ni un asomo de celebración y ni tan siquiera una sonrisa; sólo la mirada resignada de un hombre que sabía que su equipo en ningún momento había podido rebatir el poder del adversario.

Tal vez su extraordinaria semifinal contra Francia había acabado con los recursos físicos de la Mannschaft. O quizás Italia estuvo simplemente intratable aquella tarde. De lo que no cabe duda es que la squadra azzurra, bien dotada técnicamente, ganó con todo merecimiento el título de campeona del mundo en España 1982.
Fuente: FIFA


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Brasil 4 x 1 Italia [Mundial 70]

Este partido supuso la culminación perfecta de una edición del torneo que, a decir de muchos, se reveló como el Mundial por antonomasia. El encuentro reunió todos los ingredientes de una gran final: goles, puro fútbol de principio a fin y rutilantes estrellas. Al final, Pelé, Jairzinho y Carlos Alberto superaron a Facchetti, Rivera y Riva en un partido que, durante más de una hora, estuvo mucho más igualado de lo que refleja el marcador final.

En el estadio Azteca de Ciudad de México, construido especialmente para la ocasión, no sólo estaba en juego el honor de hacerse con el título de campeón del mundo. Antes de la competición, la FIFA había establecido que el primer país que consiguiera alzarse con el triunfo en tres ocasiones se quedaría para siempre con el trofeo. Esta vez, y por primera vez en la historia de los Mundiales, los dos equipos que disputaban la final contaban ya con dos Copas en su haber: Italia se había proclamado vencedora en 1934 y en 1938, y Brasil en 1958 y en 1962. Las dos selecciones llegaron al partido con la intención de llevarse el trofeo a casa, y esta vez para siempre...

Diferencia de forma
A Italia, el camino hacia la final le había resultado muy cuesta arriba. En la fase de grupos había logrado solamente una victoria y dos empates, y había marcado un único gol. El encuentro de semifinales contra Alemania se convirtió en toda una epopeya para los italianos, quienes al final se hicieron con la victoria en un partido que concluyó 4-3, y en el que cinco de eso goles se marcaron en la prórroga.

A Brasil, en cambio, las cosas se le habían dado mucho mejor. Porque no sólo se había impuesto en sus tres partidos de la fase de grupos, incluyendo una gran victoria sobre la defensora del título Inglaterra por 1-0, sino porque además, se había paseado cómodamente por cuartos de final y semifinales.

Obviamente, con todo lo que estaba en juego, en los primeros minutos se vieron pases muy tímidos, y la mayoría del juego se desarrolló con casi todos los jugadores apiñados en su zona. Luigi Riva fue el primero en aventurar un precioso disparo al arco. Tras hacerse con un hueco en un giro rápido, lanzó un impresionante tiro desde 25 metros de la portería, que Félix consiguió despejar por encima del travesaño. Al cumplirse el primer cuarto de hora, el ataque italiano estuvo a punto de inaugurar el marcador con un remate de cabeza a tiro libre de Alessandro Mazzola.

Pelé consigue el gol número 100 de Brasil en los Mundiales
Pelé , sometido a un férreo marcaje desde el saque inicial, fue incapaz de crear peligro alguno, por eso las primeras oportunidades de Brasil surgieron en jugadas de pizarra. No obstante, esos intentos de Rivellino, tanto de tiro libre como de saque de esquina, no llegaron a materializarse. De manera que no pareció muy justo que fueran precisamente los brasileños quienes inauguraran el marcador en el minuto 18. Rivelino recibió el saque que, sin peligro aparente, Tostao había lanzado al borde del área, y lo envió hacia Pelé quien, a pesar de su baja estatura, superó de un salto a Tarcisio Burgnich y colocó el balón de un cabezazo en la escuadra izquierda de la portería de Enrico Albertosi. Fue así como O Rei consiguió el gol número 100 en Mundiales para su país.

La conquista animó a una selección brasileña que se había mostrado bastante apática hasta el momento. A partir de entonces, los italianos se dedicaron desesperadamente a contener los ataques del adversario. Sus esfuerzos se cobraron en el minuto 25 la primera víctima: el nombre de Burgnich recibió tarjeta amarilla por parte del alemán oriental Rudolf Glöckner. Sin embargo, los italianos pudieron respirar tranquilos al comprobar que la selección sudamericana seguía desaprovechando todas sus oportunidades en jugadas ensayadas, en las que destacaron los problemas de Rivelino por controlar un balón que la lluvia caída hasta el momento del saque inicial había convertido en un cuero resbaladizo.

La ineficaz defensa permite el empate
A la media hora de partido, el equilibrio de fuerzas se decantó hacia los italianos, en el preciso momento en que Mazzola se desmarcó a la izquierda del área y provocó una entrada de Gérson, que consiguió despejar el peligro de un gol seguro. Sin embargo, los azzurri, sedientos de venganza, igualaron el partido antes del descanso. Clodoaldo intentó un arriesgado remate en su propio campo, que interceptó el atento Roberto Boninsegna. Este delantero suplente, que formaba parte de la alineación debido a la ausencia por lesión del delantero del Juventus Pietro Anastasi, superó a Carlos Alberto y aprovechó que Brito había resbalado delante de su propio arquero, para hacerse con la pelota perdida e introducirla desde fuera del área en la portería desierta.

Brasil intentó forzar la marcha en los últimos minutos de la primera parte, aunque lo único que consiguió fue que Rivelino recibiera una tarjeta amarilla por una entrada desde atrás a Mario Bertini, y que Pelé marcara su segundo gol después del silbato del árbitro, cuando ya la defensa italiana se había quedado quieta por el pitido que marcó el final de la etapa. El 1-1 era negocio para los europeos.

Brasil, con más apremio
Los brasileños aparecieron en la segunda parte mucho más emprendedores y, en pocos minutos, Carlos Alberto llegó a la línea de meta y lanzó un tiro cruzado que superó al arquero, a los defensores y también la pierna de Pelé, que lo esperaba en el segundo palo. Italia parecía contentarse con ceder la iniciativa, una táctica muy peligrosa como quedó demostrado en el minuto 51, cuando Rivellino consiguió por fin centrar en una jugada a balón parado, que obligó a Albertosi a lucirse. No obstante, Angelo Domenghini estuvo a punto de sacar partido de aquel planteo cuando se unió a la delantera en un veloz contraataque. Sin embargo, el disparo,desviado por Everaldo acabó en el lateral de la red, a pesar de que ya tenía a Félix prácticamente batido.

Los brasileños siguieron ejerciendo una presión continua en pos de su segundo gol y les faltó muy poco para conseguirlo cuando Pelé, desde 20 metros, remató por encima del travesaño. Empezaron a acumularse los disparos a puerta en el campo italiano, aunque fue una jugada abierta la que dio lugar al gol decisivo. Jairzinho se abrió camino en el borde del área, a pesar del marcaje que le imponía Fachetti, y consiguió pasar el balón a Gérson, quien, sin ninguna concesión para Albertosi, lo colocó en la portería italiana con un lanzamiento perfecto de pierna izquierda desde los 20 metros.

El 2-1 del minuto 66 se convirtió en 3-1 en el minuto 71. Una falta que recibió Pelé propició un tiro libre brasileño desde la línea de medio campo, y la defensa italiana se mostró muy lenta a la hora de volver a su demarcación. Gérson envió a Pelé un perfecto balón cruzado al segundo poste; Pelé lo cabeceó a su vez a través de la portería para Jairzinho, quien sólo tuvo que empujarlo al fondo de la red para conservar su marca única de un gol por partido.

El capitán Carlos Alberto redondea el marcador
En un intento por inyectar algo de ritmo al contraataque italiano, Antonio Juliano ingresó al terreno de juego en sustitución de Bertini, aunque, a pesar de sus valientes esfuerzos, los azzurri en ningún momento dieron muestras de ser capaces de remontar los dos goles de ventaja de los brasileños. Brasil dominó durante el último cuarto de hora. Rivelino desperdició un tiro desde el borde del área, mientras Albertosi bloqueó varios intentos de Pelé y Everaldo. Sin embargo, a cuatro minutos del final del encuentro, y como era de esperar, el capitán brasileño Carlos Alberto recibió un balón de Pelé (de quién sino) y anotó un increíble disparo con el pie derecho, que despejó cualquier duda sobre el marcador final.

La selección brasileña se proclamó dueña y señora del trofeo Jules Rimet. El conductor Mario Zagallo recibió la máxima satisfacción posible al convertirse en el primer hombre que se proclamaba campeón de un Mundial de fútbol como jugador y como entrenador. Pero, por encima de todo, los aficionados al fútbol de todo el mundo podían darse por satisfechos: el fútbol de equipo, fluido, innovador, audaz y, sobre todo, el fútbol de ataque, recibía de nuevo su recompensa. La afición se unió para festejar a Pelé: lo sacaron a hombros del campo, descamisado y emocionado.
Fuente: FIFA

Portugal 5 x 3 RDP de Corea [Mundial 66]

Inglaterra se proclamó campeona del Mundial de 1966, pero fue Portugal la selección que presentó al mundo el jugador más sobresaliente del certamen. El combinado de Otto Gloria se metió en las semifinales durante su debut en una fase final propulsado por la brillantez de Eusebio. El partido de cuartos contra RDP de Corea ejemplifica mejor que ningún otro la excelencia del delantero del Benfica, a la sazón vigente Jugador Europeo del año, que contribuyó con cuatro goles a la espectacular remontada de Portugal y salvó a su equipo de la derrota prácticamente en solitario.

El choque de cuartos de final celebrado en Goodison Park enfrentó a dos de los equipos que más simpatizantes se granjearon en aquel Mundial disputado en Inglaterra, aparte del anfitrión, por supuesto. Los portugueses, en el que figuraban las estrellas del Benfica triunfal de la década de 1960, se había ganado un lugar en los corazones del público de Liverpool con electrizantes victorias ante Hungría y el defensor del título, a la postre destronado, Brasil. Los norcoreanos, desconocidos representantes de un país envuelto en el secretismo y el misterio, habían dado la campanada contra Italia en su partido anterior, celebrado en Ayresome Park. Un gol de Pak Doo Ik los catapultó hasta cuartos de final y condenó a los azzurri a aquella lluvia de tomates podridos que los aficionados italianos les dispensaron como bienvenida a su llegada al país.

La victoria contra Italia había abierto los ojos del mundo a la calidad de los norcoreanos, aunque, al parecer, algunos de los jugadores portugueses no se habían dado por aludidos hasta el primer minuto de partido, en el que encajaron un gol sensacional. Después de una rápida jugada por la derecha, el balón acabó en la frontal, donde Pak Seung Zin lo remató a puerta. Para sorpresa de todos, el balón cobró velocidad, pasó por encima de José Pereira y se coló lamiendo el larguero. Los norcoreanos se abrazaron en una piña para celebrar el gol.

La selección de Corea del Norte, que se había granjeado las simpatías del público de Middlesbrough durante la fase de grupos con su fútbol veloz y efectivo, acababa de conquistar el respaldo de la gran mayoría de los espectadores congregados en Goodison Park. "En el partido contra Portugal, el público nos aupó con pasión", recordaría Pak Doo Ik muchos años después. Portugal pasó el primer cuarto de hora sin encontrar el rumbo y, tras un fallo de Eusebio en el área, los norcoreanos organizaron un rápido contragolpe. Pereira calculó mal la trayectoria de un balón lanzado con mucho efecto desde la banda derecha, que llegó al segundo poste a los pies de Yang Sung Kook, cuyo centro raso remató Li Dong Woon con una media volea desde la boca de gol.

Una ventaja de dos goles en el minuto 22. La letra de la canción que sustituía al himno nacional norcoreano (los asiáticos no podían utilizarlo por razones políticas) se antojaba profética a esas alturas: "Podemos vencer a cualquier equipo, incluso al mejor". A continuación, un tiro libre que Eusebio había lanzado con mucha rabia pasó rozando el poste. Tres minutos más tarde, llegó el 0-3. Yang Sung Kook, en plena carrera por la izquierda, envió un pase para Pak Doo Ik, que disparó a puerta sin demasiada convicción. El balón llegó rebotado al paso de Yang Sung Kook, quien para entonces se había internado en el área y, tras buscar un buen ángulo de tiro, cruzó un trallazo que se coló por el segundo palo.

Con tres goles encajados, José Pereira, el guardameta portugués, hundió la cabeza entre las manos mientras sus compañeros se lanzaban miradas acusadoras. Tan sólo dos minutos después, Antonio Simoes vio que Eusebio se desmarcaba y le cedió un balón. El as del Benfica irrumpió en el área y coló su disparo por la parte superior de la portería. A Portugal se le abría un resquicio de esperanza. El propio dorsal 13 portugués, que no estaba para celebraciones, recogió el balón del fondo de las mallas y se lo llevó a toda prisa al centro del campo.

De repente, la tónica del encuentro había cambiado radicalmente. Sólo en una ocasión anterior en la historia de los Mundiales, un equipo había ganado un partido tras remontar un 3-0 en contra. No obstante, la defensa de Corea del Norte empezaba a pasar apuros para mantener a raya al hombre llamado la Pantera Negra. El reloj avanzaba imparable hacia el descanso cuando el delantero centro José Torres se internó limpiamente en el área, pero un defensa segó su avance. El árbitro israelí Menachem Ashkenazi señaló el punto de castigo. Eusebio se encargó de lanzar el penal y, sin dudarlo, colocó el balón por la parte superior del arco. De nuevo, él mismo recogió la pelota y se la llevó a la carrera al círculo central.

Portugal, que perdía por 2-3 al final de la primera parte, igualó la contienda en el minuto 56. Eusebio, a partir de una jugada iniciada en campo propio, se lanzó en una carrera hacia la meta, durante la que se libró de su marcador justo a tiempo para recibir un pase de Simoes y, con su remate, batir a Li Chan Myong. Tres minutos más tarde, la Pantera Negra convirtió el 4-3 con la transformación desde el punto de castigo de un penal que él mismo había provocado cuando una de sus desbocadas carreras concluyó ilegalmente en el interior del área rival. Para entonces, a los norcoreanos se les habían agotado las ideas. Un saque de esquina de Eusebio propició el último gol de la tarde y concedió a José Augusto el honor de compartir con el genio la lista de goleadores del partido.

Al final del encuentro, un joven espontáneo inglés con un periódico en la mano persiguió a Eusebio por el campo para pedirle un autógrafo. Su gesta había metido a la selección portuguesa en semifinales, donde cayó derrotada ante Inglaterra. Sin embargo, el astro terminó la fase final con nueve goles y la Bota de Oro en el bolsillo, y los portugueses se hicieron con el tercer puesto. También los norcoreanos partieron como héroes, y las proezas de la primera nación asiática que alcanzaba los cuartos de final de un Mundial serán por siempre recordadas. Desde entonces, sólo su vecina del sur, la República de Corea, ha superado esa hazaña al meterse en las semifinales de la edición celebrada en su país en 2002.
Fuente: FIFA


Inglaterra 4 x 2 Alemania [Mundial 66]

Cualquier inglés, aunque no hubiese nacido siquiera en aquel momento, jurará que el balón cruzó la línea. En Alemania, por supuesto, podemos esperar una respuesta diferente. El segundo gol de Geoff Hurst en la final del Mundial de Inglaterra de 1966 sigue siendo hoy motivo de discusión. Incluso la autobiografía del delantero empieza con esta pregunta: "¿Fue gol?". Pese a todo, es indudable que el 30 de julio de 1966 fue el día en el que Inglaterra se proclamó campeona del mundo. Y lo hizo después de una de las finales más emocionantes de la historia, en la que Alemania Occidental empató en la última jugada del tiempo reglamentado, y en la única del torneo en la que un mismo futbolista anotó tres tantos.

La edición de 1966, la última que se transmitiría en blanco y negro, estuvo repleta de color y sucesos. En ella tuvieron un papel protagonista dos nombres nuevos en el panorama mundial: el delantero portugués Eusébio, Bota de Oro del certamen, y la RPD de Corea, que eliminó contra pronóstico a Italia. A la hora de la verdad, sin embargo, quienes llegaron hasta el final fueron los anfitriones y la Républica Federal de Alemania. Wembley fue el escenario de una contienda en la que se enfrentaron dos grandes de todos los tiempos -Bobby Charlton, héroe de Inglaterra en las semifinales contra Portugal, y el joven líbero alemán Franz Beckenbauer, todo un portento-, aunque en última instancia acabaron neutralizándose, y quien inscribió su nombre en los libros de récords fue un delantero centro inglés poco conocido, suplente en los tres partidos de la liguilla.

Desde la perspectiva actual, es divertido pensar que la inclusión de Hurst no se resolvió hasta la víspera de la final. El jugador del West Ham United había debutado con la selección cinco meses antes, siendo titular únicamente en la eliminatoria de cuartos de final contra Argentina, por lesión de Jimmy Greaves, la estrella del ataque. Después de que el muchacho de 24 años marcase el único gol del encuentro aquel día, el entrenador Alf Ramsey decidió seguir confiando en él, algo que se revelaría sumamente acertado.

Si bien Ramsey fue atrevido, su homólogo Helmut Schön pecó de prudente al ordenar a un hombre de mentalidad ofensiva como Beckenbauer marcar a Bobby Charlton. En el banquillo alemán cundió la preocupación en los primeros compases, cuando el portero Hans Tilkowski tuvo que ser atendido a raíz de un choque con Hurst, pero enseguida imperó la alegría: en el minuto 12, Helmut Haller hizo callar al público de Wembley al anotar el primer gol. En un balón bombeado al área inglesa por Sigi Held desde la banda izquierda, el lateral Ray Wilson erró al enviar de cabeza para Haller, y el centrocampista estuvo muy atento para enganchar un centro-chut raso con el que batió por la derecha a Gordon Banks. Era su sexta diana del torneo.

Inglaterra nunca había perdido ante este adversario, y sólo tardó cinco minutos en replicar. Wolfgang Overath cometió una falta sobre Bobby Moore a unos cuarenta metros de la portería, y el capitán inglés vio a Hurst libre de marca en el área. El defensa del West Ham efectuó un lanzamiento perfectamente medido para su compañero de club, quien devolvió la igualdad al casillero mediante un remate de cabeza. Las dos potencias europeas habían asestado sendos golpes, y el duelo adoptó un ritmo, puede que frenético, pero un ritmo al fin y al cabo. La iniciativa iba de un lado a otro, y ambos equipos dispusieron de ocasiones. Banks se lució con dos paradas consecutivas ante Overath y Lothar Emmerich, y luego despejó con los dedos un tiro del dinámico delantero Uwe Seeler, en el tiempo añadido de la primera parte. En el bando inglés, Roger Hunt, con una buena opción en el segundo palo tras recibir un pase de Hurst, disparó directamente a las manos de Tilkowski.

La segunda mitad fue calcada a la primera, y los goles volvieron a producirse en un lapso de un cuarto de hora, aunque en esta ocasión antes del pitido final. Los germanos dominaron a los locales durante casi todo el segundo período. No obstante, el cansancio de las dos defensas hizo que el partido cobrase vida cuando se abrieron espacios en el ya de por sí amplio campo de Wembley. A doce minutos de la conclusión, Inglaterra vio puerta. Un saque de esquina de Alan Ball fue despejado defectuosamente y llegó a los pies de Hurst, quien disparó desde fuera del área. La pelota golpeó en Horst Hoettges y se fue hacia arriba. En su descenso, Peters apareció para fusilar a quemarropa al fondo de las mallas.

El tiempo se agotaba, y los ingleses estuvieron a punto de dar la estocada definitiva, aunque fueron incapaces de sacar provecho a un contragolpe de tres contra uno en el que Hunt cedió para Bobby Charlton y éste disparó a la línea de fondo. Los hombres de Ramsey lamentarían ese fallo en el minuto 89, cuando Alemania Occidental consiguió empatar. Jack Charlton empujó a un oponente a treinta metros de la portería. Emmerich ejecutó la falta y la pelota acabó llegándole en la parte izquierda del área pequeña a Held, quien intentó hacer el pase de la muerte. El esférico dio en la espalda de Karl-Heinz Schnellinger y se dirigió hacia el segundo palo, donde se hallaba con espacio Wolfgang Weber para superar a Wilson y a Banks. Por primera vez, una final del Mundial de fútbol iba a asistir a la prórroga.

Inglaterra intentó no dejarse llevar por el desánimo, y contó con la inspiración de la carrera infatigable de Ball, el jugador más joven del encuentro, con 20 años. Después de que Bobby Charlton estrellase un tiro contra el poste, Ball centró al área en el minuto 101 y Hurst tuvo tiempo suficiente para girarse y disparar. El balón rebasó a Tilkowski, chocó contra la parte baja del travesaño y rebotó hacia abajo. ¿Había traspasado la línea? El árbitro suizo Gottfried Dienst corrió hacia la banda y, de repente, todas las miradas se posaron sobre el asistente soviético, el azerbaiyano Tofik Bajramov, quien tuvo la última palabra. Unos segundos más tarde, el equipo rojo volvía eufórico al mediocampo, mientras que el que vestía de blanco siguió protestando. El gol había sido declarado válido.

En la segunda parte de la prórroga, Alemania Occidental agotó sus últimas reservas de energía en busca del empate. En los segundos finales, cuando Inglaterra desbarató el último ataque contrario y se marchó hacia arriba, el legendario comentarista británico Kenneth Wolstenholme observó: "Hay algunas personas en el campo. Piensan que ya ha acabado". En ese mismo instante Hurst irrumpió por el interior izquierdo y conectó un potentísimo disparo que se coló por la escuadra. "¡Ahora sí!", añadió Wolstenholme. El futuro sir Geoff admitiría luego que su intención era enviar la pelota a las gradas de Wembley, lo más lejos posible, para ganar tiempo. En lugar de ello logró su tercer tanto en una final del Mundial, algo que no ha conseguido repetir nadie. Inglaterra era campeona del mundo.
Fuente: FIFA


Argentina 3 x 1 Holanda [Mundial 78]

Si hubo una final que no se destacó por la técnica ni por virtuosa, pero sí por la pasión y la garra de los equipos... esa fue la del Mundial de Argentina 1978.

La fiereza de los locales por alcanzar su primer título chocó en el Estadio Monumental de Buenos Aires con la experiencia y la calma de los holandeses, que jugaban su segunda final consecutiva. Aquel 25 de junio, el pueblo argentino jugó un papel fundamental en el desarrollo del juego, incluso desde la salida de los equipos. Las 80 mil personas que acudieron al encuentro "regaron" el césped con papelitos y serpentinas. A esa hora, todos soñaban, pero no sabían, que dos horas más tarde explotarían de alegría con los goles de Kempes y el trofeo en manos de Daniel Alberto Passarella.

Muchas ganas, poco fútbol
El comienzo del encuentro no fue de los más atractivos que se hayan visto en la historia de la competencia. Sin embargo, la entrega de cada uno de los jugadores emocionó a los aficionados que presenciaron la coronación del seleccionado conducido por Cesar Luis Menotti.

La primera llegada de peligro fue para los visitantes y, por supuesto, con una pelota detenida. El centro desde la izquierda encontró la cabeza de Jonny Rep, quien desvió la trayectoria del balón. Ubaldo Fillol, parado y sorprendido, observó como su arco se salvaba de milagro.

Esa llegada de los europeos despertó a los locales, que tocados en su orgullo y alentados por todo el estadio fueron en busca del primer tanto. El primero en intentar fue Daniel Passarella, quien remató un tiro libre que contuvo sin problemas Jan Jongbloed. Y un minuto después, el que lo perdió increíblemente fue Leopoldo Jacinto Luque, quien no pudo definir con el arco a su disposición.

El arquero argentino se había mostrado seguro en todo el torneo, pero en la final demostró que podía adaptarse sin problemas a las situaciones límites. A los 25 minutos, Jonny Rep quedó cara a cara con él y con el arco a su disposición. El holandés probó con una volea violenta, que el arquero argentino logró despejar al tiro de esquina con una mano. Ese fue el primer aviso: vencerlo no sería tarea fácil para nadie.

Explota el Monumental
Entre tanta lucha, pelea, pasión y entrega... apareció el goleador para aportar claridad. Cuando todo parecía indicar que el primer tiempo se iría sin pena ni gloria, Argentina logró abrir el marcador. Osvaldo Ardiles le pasó el balón a Leopoldo Luque, quien hizo seguir el juego hacia Mario Kempes . El Matador, que casi no había entrado en juego, guapeó entre dos defensores rivales y definió ante la salida de Jongbloed (1-0, 37´). Fue un gol de concepción poco clara, como lo había sido todo el encuentro. El primer tiempo se terminaba con Argentina acariciando el trofeo.

La cancha del verdugo
La segunda mitad fue una copia fiel de lo que habían brindado ambas selecciones en los 45 minutos iniciales. La lucha se situó en la mitad del terreno, y las oportunidades de marcar frente a los arcos se sucedían producto de guapezas individuales o errores defensivos.

Pese a los cambios de Happel, el empuje de los hermanos Willy y René Van de Kerkhof, Resenbrink y compañía, las ansias de igualar el resultado chocaron durante todo el segundo tiempo contra la garra de Passarella, Tarantini y todo el pueblo argentino. Menotti, ante el avance del reloj, retrasó a su equipo y lo paró de contragolpe, aguardando que los sucesores de la Naranja Mecánica se descuidaran en defensa. Las situaciones de peligro, aún con los ingresos de René Houseman y Omar Larrosa, brillaban por su ausencia. Tan sólo una llegada de Luque (no llegó a conectar un centro ante Jongbloed) y algunos centros que hicieron lucir a Fillol amenazaron con cambiar el marcador, que parecía inalterable.

Enmudece el Monumental
Ante la falta de ideas y la dura marca de los argentinos para mantener la ventaja, Ernst Happel buscó variantes en el banco de suplentes. Y vaya si las encontró. A los 59 minutos hizo ingresar a Dick Nanninga, quien a la postre resultaría clave en la historia del partido.

El empate enmudeció a la multitud albiceleste y pareció tener efecto en el equipo local, que se quedó sin reacción y casi lo sufre en el último suspiro. Un nuevo quedo de la línea defensiva dejó rematar a Rob Resenbrink contra el arco del vencido Fillol. El balón se apiadó de los argentinos y pegó en el poste. Algunos memoriosos dicen que el 25 de junio fue el día con más infartos en la historia del país...

El tiempo extra renueva la alegría argentina
El encuentro se fue directo al tiempo suplementario, que por aquel entonces no contaba con la ley del gol de oro. El equipo argentino pareció entender el mensaje de Menotti tras el final del período reglamentario y se volvió a conectar con la pelota. Holanda, tal vez por temor a quedarse con las manos vacías, cedió la iniciativa y sufrió por eso. Kempes, que no había aparecido en los segundos 45 minutos, volvió a dejar el alma en el área. En una jugada plagada de rebotes, tras guapear entre dos defensores y el arquero, el Matador alcanzó a empujar con el alma el balón bajo los 3 palos y sentenciar la suerte del encuentro (2-1, 105´). Su festejo con la melena al viento y los brazos en alto recorrieron el mundo y aún se mantienen como la imagen representativa de esa histórica victoria argentina, que se ampliaría aún más.

Los europeos cayeron moralmente con el gol de Kempes y, desesperados por la desventaja, se descuidaron en el fondo. Ya sobre el final del partido, un nuevo rebote (la constante de la tarde) y una doble pared descolocaron a Jongbloed, que quedó descolocado en el arco naranja. El favorecido fue Bertoni, que sin oposición alguna remató cruzado, cerró el resultado y desató la locura local (3-1, 116´). Argentina alcanzó su primer Mundial de fútbol ante un combinado holandés que perdió su segunda final consecutiva, esta vez sin Johan Cruyff . Por el lado de los albicelestes, la imagen de Passarella con la Copa en alto significó la confirmación de que una nueva potencia mundial había nacido.
Fuente: FIFA

Brasil 3 x 2 Holanda [Mundial 94]

Famosa en el mundo entero por el espectáculo de su fútbol, la selección de Brasil recaló en las costas de los Estados Unidos con un único objetivo en mente: volver a poner las manos sobre el trofeo mundialista. El entonces tricampeón mundial había esperado 24 años para lograr otro éxito en el escenario mundial y, a las órdenes del entrenador Carlos Alberto Parreira, aterrizó dispuesto a sacrificar parte de la alegría y exuberancia de sus antepasados por la sólida estrategia y la fría determinación que consideraban el camino más expedito hasta el oro.

Si bien el expeditivo Dunga era el líder de esta escuadra, las aspiraciones brasileñas descansaban sobre el dúo de artilleros Romario y Bebeto. Antaño compañeros en el Vasco da Gama pero a la sazón rivales en sus respectivos clubes españoles, Barcelona y Deportivo de la Coruña, juntos formaron un tándem letal, que ya había producido cinco de los siete tantos de Brasil en el torneo, incluido el gol de la victoria de Bebeto contra el anfitrión en los octavos de final.

Se trataba del primer encuentro oficial de Brasil contra Holanda desde su cruce en la fase de grupos de 1974, que Cruyff y compañía ganaron para entrar en la final. Los Oranje habían terminado la liguilla de la primera ronda en segunda posición por detrás de Arabia Saudí y, sin el lesionado Marco van Basten y el apartado Ruud Gullit, que había dejado el equipo tras perder el favor del seleccionador Dick Advocaat, parecían una sombra de lo que habían sido.

A pesar de todo, la presencia de delanteros como Dennis Bergkamp y Marc Overmars daba a los holandeses una prestancia nada desdeñable en ataque, pero de cara a este duelo de cuartos no estaba muy claro cómo se desempeñaría su defensa, y en particular cómo se las arreglarían sus veteranos bastiones Ronald Koeman y Jan Wouters para frenar a la pareja atacante brasileña de pies ligeros e ingenio fulgurante. El caso es que los contuvieron sin demasiados problemas durante los primeros 45 minutos, que en ningún momento dejaron de entrever los fuegos de artificio de la segunda mitad.

El público de Dallas vio pocas ocasiones de gol antes del descanso. A raíz de una falta de Aldair sobre Peter van Vossen, Bergkamp cabeceó libre de marca por encima del travesaño defendido por Taffarel. Luego, Mauro Silva disparó con peligro en la otra portería. Y en medio de la calma chicha, Romário merodeaba amenazante, husmeando sin cesar el más mínimo resquicio. De pronto, al filo del intermedio, él y Bebeto lograron conectar, y su combinación a punto estuvo de abrir la lata holandesa de no ser porque el último paso fue en falso.

Para los holandeses, la tregua fue sólo momentánea. Los brasileños, que lucían camiseta azul, resucitaron tras la reanudación y, a los ocho minutos, ya se habían adelantado en el marcador. Después de que un ataque naranja se viera interrumpido por un mal pase de Frank Rijkaard, Brasil montó el contragolpe. Bebeto recogió un balón largo por la izquierda y sirvió un centro raso en la carrera de Romário, que dejó botar el balón antes de desviarlo a la red fuera del alcance de Ed de Goey.

Los delanteros de la seleçao pronto salieron a por más: Bebeto penetró y soltó un disparo raso que se perdió junto al palo, y luego De Goey tuvo que sofocar un intento de Romário. El segundo gol llegó en el minuto 64, y esta vez el autor fue Bebeto. Viendo en fuera de juego a Romario, que retrocedía hacia su campo, la zaga holandesa se quedó parada cuando el balón largo sacado por De Goey volvió a su territorio después de ser cabeceado. Bebeto tomó la iniciativa y, tras eludir la entrada a la desesperada de Wouters, regateó al guardameta y disparó a puerta vacía antes de correr junto al banderín de córner para celebrar el gol meciendo a un imaginario bebé con Romário y Mazinho, en honor de su hijo recién nacido en Brasil.

Todo parecía perdido para los holandeses, pero éstos sólo necesitaron 60 segundos para regresar al partido. Un pase largo encontró a Bergkamp camino de internarse en el área y, tras escurrirse entre tres defensas, batió a Taffarel de un disparo que se coló por la esquina. Eso sí que fue hacer un gol de la nada. Los hombres de Advocaat recuperaron de nuevo la fe y, en el minuto 75, Bergkamp reclamó con insistencia un penal después de que el esférico golpeara en la mano de Marcio Santos. Segundos después, sin embargo, los naranjas estaban celebrando de nuevo: Overmars sacó el subsiguiente saque de esquina y Aron Winter se adelantó a Taffarel para cabecear a la red el gol del empate.

El Brasil de Parreira no perdió la concentración y, a falta de nueve minutos para el final, encontró el camino de la victoria de la manera más inesperada. Un veterano del certamen de México 1986, el lateral zurdo Branco, estaba jugando en sustitución del sancionado Leonardo, que había lesionado de un codazo al estadounidense Tab Ramos en el anterior choque de Brasil. Tras producirse una falta a 25 metros de la portería rival, el zaguero de 30 años fabricó uno de los mejores goles del torneo. Tras una larga carrerilla, descerrajó un chupinazo envenenado que voló por encima de la barrera y se fue a incrustar por la escuadra del segundo palo. Brasil pasaba a semifinales por primera vez desde 1978.

Ocho días más tarde, a 2.400 kilómetros de distancia, en Pasadena, la prodigiosa zurda de Branco volvió a salvar a Brasil al convertir uno de los penales con los que finalmente reclamó el codiciado cuarto título mundialista en la tanda disputada contra Italia. A ningún jugador brasileño pareció importarle que en los 120 minutos de juego sin goles ni Romario ni compañía pudieran desplegar sus mejores artes. Para los hombres de Parreira, la misión estaba cumplida.
Fuente: FIFA


Inglaterra 3 x 2 Camerún [Mundial 90]

Pocos partidos del Mundial de Italia 90 pusieron al público al borde de sus asientos como el épico choque de cuartos de final entre Inglaterra y Camerún. Aquel encuentro de infarto reunió a una selección de Inglaterra en la que brillaba la exuberancia y la maestría del organizador de su juego, Paul Gascoigne, y un combinado de Camerún que, con una victoria sobre Argentina en su primer partido y el siguiente festival goleador de un jugador de 38 años de edad, Roger Milla, ya había inscrito su nombre en los anales del campeonato.

Antes de Italia 90, pocos habrían predicho que Camerún se convertiría en la primera selección africana que disputaba los cuartos de final. Sin embargo, los
Leones Indomables habían dado la campanada al imponerse al campeón vigente, Argentina, y desde entonces su progresión había ido en ascenso. Sus victorias contra Rumania y Colombia (ambas por 2-1) les había asegurado el pase a cuartos. Por su parte, Inglaterra se había impuesto por los pelos a Bélgica en la segunda ronda y ahora soñaba con la clasificación para semifinales que impidiera el argentino Diego Armando Maradona en 1986.

Nápoles le había dado suerte a Camerún en la eliminatoria anterior, en la que Milla había ganado la partida al guardameta colombiano René Higuita. Pero los africanos llegaron a ese encuentro sin los sancionados André Kana, Emile Mbouh, Victor Ndip y Jules Onana. De nuevo, el veterano delantero (autor hasta el momento de 4 goles en la competición) ocupó en principio un puesto en el banquillo, y de nuevo el técnico ruso Valeri Nepomniachi le hizo saltar al terreno de juego para que contribuyera con su magia al resultado del partido.


Tensión en los primeros momentos

Inglaterra, que contaba para la ocasión con su once de gala, disfrutó de la posesión en los primeros compases del choque, pero Camerún creó la primera oportunidad del encuentro en el minuto 12. Louis Mfédé habilitó a François Omam, que se quedó solo frente a Peter Shilton. El guardameta inglés rechazó el primer lanzamiento de Mfédé, y contempló con alivio cómo el segundo disparo, tras el rechazo, se marchaba lejos de su poste izquierdo.


Estas aproximaciones en los primeros compases hicieron que Camerún se creciera y dominara el partido. Mfédé estaba por todas partes, y gozó de dos oportunidades más casi seguidas: una se marchó por encima del larguero (19') y la otra, con un tiro que se colaba por el poste derecho y que fue desviado por Shilton (21'). Finalmente, en el minuto 25 y contra la lógica del juego, Inglaterra replicó con el primer gol del partido. Terry Butcher sirvió un balón a Stuart Pearce, quien se escapó por la banda izquierda y colocó un centro medido a la perfección en el segundo palo, directamente a la cabeza de David Platt, el paladín de Inglaterra frente a Bélgica. El veterano portero Thomas N'Kono no pudo hacer nada ante el impecable remate de Platt.


Aparte del remate de cabeza de Thomas Libiih que no llegó a perturbar a Shilton, Camerún no disfrutó de más oportunidades dignas de mención en los últimos minutos de la primera parte. Sin embargo, pronto todas las miradas se dirigieron hacia la banda, donde hacía ejercicios de calentamiento Roger Milla, quien lucía un nuevo look, con la cabeza afeitada. El veterano delantero entró en el campo tras el descanso y, en el minuto 61, justo después de que Lineker disparara por encima de la meta que defendía N'Kono, Milla contribuyó a crear el gol del empate.


El público estaba volcado a favor de Camerún. La fiesta continuaba sobre el campo, y la atmósfera que se vivía en las gradas era electrizante. Omam fue el siguiente en encarar hacia la puerta rival. Pasó el balón a su compañero Cyrille Makanaky, cuyo disparo se perdió lamiendo el poste. Los pupilos de Robson apenas tuvieron tiempo de recomponerse antes de quedar abajo en el marcador. Milla se escapó de Gascoigne, Wright y de Platt, y cedió para Eugène Ekéké, que había entrado luego del descanso. El delantero llevaba tan sólo un par de minutos sobre el terreno de juego, pero se encontraba en una posición inmejorable y batió a Shilton picando la pelota de forma sensacional. Camerún volaba.


Resurge Inglaterra

Inglaterra modificó su formación, pero la situación cambió por completo cuando Camerún falló la oportunidad que hubiese sentenciado definitivamente el partido. El culpable fue Omam, quien no logró resolver tras una fantástica pared con Milla (82'), y no tardaría más que unos instantes en lamentarlo. El balón acabó en el otro extremo del campo y Benjamin Massing derribó a Lineker en el área. El delantero se quitó el polvo de encima y no erró el tiro, que entró por la parte superior izquierda de la meta de N'Kono. Cuando quedaban siete minutos de juego, Inglaterra estaba resucitando.


No obstante, en la húmeda noche napolitana, los ingleses siguieron pasando bastantes apuros. Shilton se vio obligado a esforzarse por rechazar los ataques de un imparable Omam. Los primeros minutos de la prórroga ofrecieron más de lo mismo: primero Oman, después Makanaky y, por último, Milla, todos ellos amenazaron la puerta rival, pero Inglaterra sobrevivió a todas las acometidas. Inglaterra golpeó en el minuto 105. Lineker corrió hasta un pase al hueco de Gascoigne, pero entre N'Kono y Massing le hicieron caer en el área. Otro penal. Lineker, ganador de la Bota de Oro en México cuatro años antes, optó en aquella ocasión por apuntar al centro de la portería para conseguir el 3-2 y su tercer tanto del torneo.


A los jugadores de Camerún no les quedaban fuerzas para replicar. Inglaterra, pese a que, en algunos momentos, no había sido el mejor equipo sobre el terreno de juego, acababa de reservar su plaza en la semifinal por primera vez desde 1966. "Montemos una fiesta", cantaban los hinchas de Inglaterra mientras Robson se enjugaba una lágrima de alegría antes de prepararse para otra lucha de titanes en la siguiente eliminatoria, esta vez ante su viejo enemigo, Alemania. Camerún hizo acopio de fuerzas para dar una vuelta de honor al estadio de San Paolo. Los cameruneses podían estar bien orgullosos de saber que su fútbol vibrante había iluminado un torneo en el que se habían visto muy pocos goles.

Fuente: FIFA


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