Mostrando entradas con la etiqueta El fútbol según Eduardo Galeano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El fútbol según Eduardo Galeano. Mostrar todas las entradas

Los generales y el fútbol

En pleno carnaval de la victoria del 70, el general Médici, dictador de Brasil, regaló dinero a los jugadores, posó para los fotógrafos con el trofeo en las manos y hasta cabeceó una pelota ante las cámaras. La marcha compuesta para la selección, Pra frente Brasil, se convirtió en la música oficial del gobierno, mientras la imagen de Pelé volando sobre la hierba ilustraba, en la televisión, los avisos que proclamaban: Ya nadie detiene a Brasil. Cuanso Argentina ganó el Mundial del 78, el general Videla utilizó con idénticos propósitos la imagen de Kempes imparable como un huracán.

El fútbol es la patria, el poder es el fútbol: Yo soy la patria, decían esas dictaduras militares.

Mientras tanto, el general Pinochet, mandamás de Chile, se hizo presidente del Colo-Colo, el club más popular del país, y el general García Meza, que se había apoderado de Bolivia, se hizo presidente del Wilstermann, un club con hinchada numerosa y fervorosa.

El fútbol es el pueblo, el poder es el fútbol: Yo soy el pueblo, decían esas dictaduras militares.
Fuente: Eduardo Galeano


Propaganda oficial del gobierno del general Videla durante el Mundial de 1978

Pobre mi madre querida

A fines de años sesenta, el poeta Jorge Enrique Adoum regresó al Ecuador, después de mucha ausencia. No bien llegó, cumplió el ritual obligatoria de la ciudad de Quito: se fue al estadio, a ver jugar al equipo del Aucas. Era un partido importante, y el estadio estaba repleto.

Antes del comienzo, se hizo un minuto de silencio por la madre del árbitro, muerta en la víspera. Todos se pusieron en pie, todos callaron. Acto seguido, un dirigente pronunció un discurso destacando la actitud del deportista ejemplar que iba a arbitrar el partido, cumpliendo con su deber en las más tristes circunstancias. Al centro de la cancha, cabizbajo, el hombre de negro recibió el cerrado aplauso del público. Adoum pestañeó, se pellizcó un brazo: no podía creer. ¿En qué país estaba? Mucho habían cambiado las cosas. Antes, la gente sólo se ocupaba del árbitro para gritarle hijo de puta.

Y empezó el partido. A los quince minutos, estalló el estadio: gol del Aucas. Pero el árbitro anuló el gol, por fuera de juego, y de inmediato la multitud recordó a la difunta autora de sus días.

- ¡Huérfano de puta! -rugieron las tribunas.
Fuente: Eduardo Galeano

Los años de Peñarol

En 1966, se enfrentaron dos veces los campeones de América y de Europa, Peñarol y Real Madrid. Sin transpirar la camiseta, luciéndose en el toque y en el juego vistoso, Peñarol ganó 2 a 0 ambos partidos.

En la década del 60, Peñarol heredó el cetro del Real Madrid, que había sido el gran equipo de la década anterior. En esos años, Peñarol dos veces la Copa Mundial de clubes y fue tres veces campeón de América.


Cuando la primera escuadra del mundo salía a la cancha, sus jugadores advertían a los rivales:


- ¿Trajeron otra pelota para jugar? Porque ésta es sólo nuestra.


La pelota tenía prohibida la entrada en el arco de Mazurkiewicz, en el medio campo obedecí a
Tito Gonçalves y adelante zumbaba en los pies de Spencer y Joya. A las órdenes del Pepe Sasía, rompía la red. Pero ella disfrutaba, sobre todo, cuando la hamacaba Pedro Rocha
Fuente: Eduardo Galeano


Copa Intercontinental de 1966 entre Real Madrid y Peñarol

Greaves

En una película de vaqueros, hubiera sido el pie más rápido del Oeste. En las canchas de fútbol, había hecho cien goles antes de cumplir veinte años, y a los veinticinco no se había inventando el pararrayos que pudiera atraparlo. Más que correr, estallaba: Jimmy Greaves se desencadenaba tan de pronto que los árbitros le cobraban fuera de juego por error, porque nunca sabían de dónde venían sus piques súbitos, ni sus disparos certeros: lo veían llegar, pero nunca alcanzaban a verlo partir.

- Tanto deseo los goles -decía- que hasta me duele desearlos.

Greaves no tuvo suerte en el Mundial del 66. No metió ni un gol, y un ataque de ictericia lo dejó fuera de la final.
Fuente: Eduardo Galeano


Gol de Jimmy Greaves

Seeler

Cara de mucho placer. Uno no puede imaginarlo sin un jarrón de espumosa cerveza en la mano. En las canchas alemanas, era siempre el más bajo y el más gordo: un hamburgués rechoncho y petizo, de andar oscilante, que tenía un pie más grande que el otro. Pero Uwe Seeler era una pulga cuando saltaba, una liebre cuando corría y un toro cuando cabeceaba.

En 1964, este delantero centro del club Hamburgo fue elegido el mejor jugador alemán. Él pertenecí al Hamburgo en cuerpo y alma:

- Soy un hincha más. El Hamburgo es mi casa -decía.

Uwe Seeler despreció todas las ofertas que tuvo, muchas y muy suculentas, para jugar en los más poderosos equipos de Europa.

Participó en cuatro campeonatos mundiales. Gritar Uwe, Uwe era la mejor manera de gritar Alemania, Alemania.
Fuente: Eduardo Galeano

Carrizo

Pasó un cuarto de siglo atrapando pelotas con un imán en las manos y provocando el pánico en el campo rival. Amadeo Carrizo fundó un estilo en el fútbol sudamericano. Él fue el primer arquero que tuvo la audacia de salir de su área para empujar el ataque, a puro riesgo, creando peligro y hasta gambeteando rivales en más de una ocasión. Antes de Carrizo, ésa había sido una locura prohibida. Después, la audacia se contagió. Su compatriota Gatti, el colombiano Higuita y el paraguayo Chilavert tampoco se resignaron a que el guardameta fuera solamente un hombre-muro, pegado a su valla, y demostraron que el arquero puede también ser un hombre-lanza.

El hincha cultiva, como se sabe, el placer de la negación del otro: el jugador enemigo siempre merece condenación o desprecio. Pero los hinchas argentinos de todas las banderas celebran a Carrizo y coinciden, quién más, quién menos: nadie ha atajado como él en aquellas canchas. Y sin embargo, en 1958, cuando la selección argentina volvió con el rabo entre las patas del Mundial de Suecia, el ídolo fue el último de los dejados de la mano de Dios. Argentina había sido goleada por Checoslovaquia 6 a 1, y semejante crimen exigía una expiación. La prensa lo vapuleó, el público lo silbó, Carrixo quedó con el ánimo por el piso. Y años después, en sus memorias, tristemente confesó:

- Siempre recuerdo más los goles que me hicieron que los remates que atajé.
Fuente: Eduardo Galeano



Lo mejor de Amadeo Carrizo

Kopa

Lo llamaban el Napoleón del fútbol, porque era bajito y conquistador de territorios.

Con la pelota en el pie, crecía y dominaba la cancha. Jugador de mucha movilidad y florido regate, Raymond Kopa se escabullía hacia la meta dibujando arabescos sobre el césped. Los técnicos se tiraban de los pelos, por lo mucho que se entretenía con la pelota, y los franceses expertos en fútbol solían acusarlo del delito de tener un estilo sudamericano. Pero en el Mundial del 58, Kopa fue incluido por los periodistas en el once ideal, y ese año ganó el Balón de Oro que se otorga al mejor jugador de Europa.

El fútbol lo había arrancado de la miseria. Había empezado jugando en equipo de mineros. Hijo de emigrantes polacos, Kopa trabajó toda su infancia, junto a su padre, en los socavones de carbón de Noeux, donde se hundía cada noche para emerger en la tarde.
Fuente: Eduardo Galeano


Lo mejor de Raymond Kopa

Di Stéfano

Todo el campo de juego cabía en sus zapatos. La cancha nacía de sus pies, y desde sus pies crecía. De arco a arco, Alfredo Di Stéfano corría y recorría la cancha: con la pelota, cambiando de frente, cambiando de ritmo, del trotecito cansino al ciclón imparable; sin la pelota, desmarcándose hacia los espacios vacíos y buscando aire cuando se atoraba el juego.

Nunca estaba quieto. Hombre de cabeza alzada, veía toda la cancha y al galope la cruzada abriendo brechas para lanzar el asalto. Él estaba en el principio, en el durante y en el final de las jugadas de gol, y hacía goles de todos los colores:
Socorro, socorro, ahí viene la saeta
con su propulsión a chorro.
A la salida del estadio, la gente lo llevaba en andas.

Di Stéfano fue el motor de los tres equipos que maravillaron al mundo en los años cuarenta y cincuenta: River Plate, donde sustituyó a Pedernera; Millonarios de Bogotá, donde junto a Pedernera deslumbró; y el Real Madrid, donde fue el máximo goleador de España durante cinco años seguidos. En 1991, cuando ya hacía años que se había retirado, la revista France Football otorgó el título de mejor futbolista europeo de todos los tiempos a este jugador nacido en Buenos Aires.
Fuente: Eduardo Galeano


Lo mejor de Alfredo Di Stéfano

La Máquina

A principios de la década del 40, el club argentino River Plate formó uno de los mejores equipos de fútbol de todos los tiempos.

"Unos entran, otros salen, todos suben, todos bajan", explicaba Carlos Peucelle, uno de los padres de la criatura. En rotación permanente, los jugadores cambiaban de puesto entre sí, los defensores atacaban, los atacantes defendían: "En el pizarrón y en la cancha", decía Peucelle, "nuestro esquema táctico no es el tradicional 1-2-3-5. Es el 1-10".

Aunque todos hacían de todo, en aquel River sobresalía la línea delantera. Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau sólo estuvieron juntos dieciochos partidos, pero hicieron historia y siguen dando de qué hablar. Los cinco jugaban a ciegas, entendiéndose por silbidos: silbando inventaban caminos en la cancha y silbando llamaban a la pelota, que como perrito alegre los seguía sin perderse jamás.

El público bautizó con el nombre de la Máquina a aquel legendario equipo, por la precisión de sus jugadas. Era un dudoso elogio. Nada tenían que ver con la frialdad mecánica esos atacantes que gozaban jugando y de tanto disfrutar se olvidaban de patear al arco. Más justa era la hinchada cuando los llamaba Caballeros de la angustia, porque estos jodones hacían sudar la gota gorda a sus devotos antes de brindarles el alivio del gol.
Fuente: Eduardo Galeano


La Máquina de River Plate

Erico

En plena guerra del Chaco, mientras los campesinos de Bolivia y Paraguay marchaban al matadero, los futbolistas paraguyaos jugaban fuera de fronteras recogiendo dinero para los muchos heridos, que caían sin amparo en un desierto donde no cantaban los pájaros ni dejaba huellas la gente. Así llegó Arsenio Erico a Buenos Aires, y en Buenos Aires se quedó. Fue paraguayo el máximo goleador del campeonato argentino en todos los tiempos. Erico metía más de cuarenta goles por temporada.

Él tenía, escondidos en el cuerpo, resortes secretos. Saltaba el muy brujo, sin tomar impulso, y su cabeza llegaba siempre más alto que las manos del arquero, y cuando más dormidas parecían sus piernas, con más fuerza descargaban de pronto latigazos al gol. Con frecuencia, Erico azotaba de taquito. No hubo taco más certero en la historia del fútbol.

Cuando Erico no hacía goles, los ofrecía, servidos, a sus compañeros. Cátulo Castillo le dedicó un tango:
Pasará un milenio sin que nadie
repita tu proeza

del pase de taquito o de cabeza.
Y todo lo hacía con elegancia de bailarín. "Es Nijinski", comprobó el escritor francés Paul Morand, cuando lo vio jugar.
Fuente: Eduardo Galeano

Las fuentes de la desgracia

Todo el mundo sabe que da mala suerte pisar un sapo, pisar la sombra de un árbol, pasar por debajo de una escalera, sentarse al revés, dormir al revés, abrir el paraguas bajo techo, contarse los dientes o romper un espejo. Pero en los dominios del fútbol, esa lista se queda muy corta.

Carlos Bilardo, director técnico de la selección argentina en los Mundial es del 86 y del 90, no permitía que sus jugadores comieran carne de pollo, que les daba mala suerte, y los obligaba a comer carne de vaca, que les daba ácido úrico.

Silvio Berlusconi, el dueño del Milan, prohibió que la hinchada cantara el himno del club, el tradicional cántico Milan, Milan, porque trasmitía ondas maléficas que paralizaban las piernas de los jugadores, y en 1987 mandó componer un himno nuevo, que se tituló Milan dei nostri couri.

Freddy Rincón, el gigante negro de la selección de Colombia, defraudó a sus numerosos admiradores en el Mundial del 94. Él jugó sin poner ni un poquito de entusiasmo. Después se supo que no había sido un problema de falta de ganas, sino de exceso de miedo. Un profeta de Tumaco, la tierra de Rincón en la costa colombiana, le había cantado los resultados del torneo, que se dieron exactamente como predijo, y le había anunciado que se rompería una pierna si no tenía mucho, mucho cuidado. "Cuídate de la pecosa", le dijo, refiriéndose a la pelota, "y de la hepática, y de la sangrienta", aludiendo a la tarjeta amarilla y a la tarjeta roja de los árbitros.

En vísperas de la final de ese Mundial del 94, los especialistas italianos en ciencias ocultas garantizaron que su país ganaría la Copa. "Numerosos maleficios de magia negra impedirán la victoria de Brasil", aseguró a la prensa la Asociación Italiana de Magos. El resultado no contrinuyó al prestigio de esta institución gremial.
Fuente: Eduardo Galeano

El gol de Scarone

Fue en 1928, en la final de la Olimpíada.

Uruguay y Argentina iban empatados, cuando Píriz peló la pelota a Tarasconi y avanzó hacia el área. Borjas la recibió de espaldas al arco y se la cabeceó a Scarone, al grito de tuya, Héctor, y Scarone la pateó al pique y de voleo. El arquero argentino, Bossio, se tiró en paloma, cuando ya la peloto se había estrellado contra la red. La pelota rebotó en la red y volvió, picando, a la cancha. El puntero uruguyao Figueroa volvió a metersa, castigándola de una patada, porque eso se salirse era mala educación.
Fuente: Eduardo Galeano


Partido entre Uruguay y Argentina (final Olimpíada 1928)

Muerte en la cancha

Abdón Porte defendió la camiseta del club uruguayo Nacional durante más de doscientos partidos, a lo largo de cuatro años, siempre aplaudido, a veces ovacionado, hasta que se le acabó la buena estrella.

Entonces lo sacaron del equipo titular. Esperó, pidió volver, volvió. Pero no había caso, la mala racha seguía, la gente lo silbaba: en la defensa, se le escapaban hasta las tortugas; en el ataque, no embocaba una.

Al fin del verano de 1918, en el estadio del club Nacional, Abdón Porte se mató. Se pegó un balazo a medianoche, en el centro de la cancha donde había sido querido. Estaban todas las luces apagadas. Nadie escuchó el disparo.

Lo encontraron al amanecer. En una mano tenía el revólver y en la otra una carta.
Fuente: Eduardo Galeano

Samitier

A los dieciséis años, como Zamora, Josep Samitier deubtó en primera división. En 1918, fichó por el club Barcelona a cambio de un reloj de esfera luminosa, que era cosa nunca vista, y un traje con chaleco.

Poco tiempo después, ya era el as del equipo y su biografía se vendía en los quioscos de la ciudad. Su nombre era cantado por las cupleteras de cabaret, invocado en las comediaas de moda y admirado en las crónicas deportivas, que elogiaban el estilo mediterráneo fundado por el fútbol de Zamora y Samitier.

Samiotier, delantero de remate fulminante, sobresalía por su astucia, su dominio de la pelota, su ningún respeto por las reglas de la lógica y su olímpico desprecio por las fronteras del espacio y del tiempo.
Fuente: Eduardo Galeano

Documental sobre Josep Samitier

Zamora

Debutó en primera división a los dieciséis años, cuando todavía vestía pantalones cortos. Para salir a la cancha del club Espanyol, en Barcelona, se puso un jersey inglés de cuello alto, guantes y una gorra dura como un casco, que iba a protegerlo del sol y de los patadones. Corría el año 1917 y las cargas eran de caballería. Ricardo Zamora había elegido un oficio de alto riesgo. El único que corría más peligro que el arquero era el árbitro, por entonces llamado el Nazareno, qu estaba expuesto a las venganzas del público en canchas que no tenían fosa ni alambrada. En cada gol se interrumpía largamente el partido, porque la gente se metía en la cancha para abrazar o golear.

Con la misma vestimenta de aquella primera vez, se hizo famosa, a lo largo del tiempo, la estampa de Zamora. Él era el pánico de los delanteros. Si lo miraban, estaban perdidos: con Zamora en el arco, el arco de encogía y los palos se alejaban hasta perderse la vista.

Lo llamaban el Divino. Durante veinte años, fue el mejor arquero del mundo. Le gustaba el coñac y fumaba tres paquetes diarios de cigarrilos y uno que otro habano.
Fuente: Eduardo Galeano

Los negros

En 1916, en el primer campeonato sudamericano, Uruguay goleó a Chile 4 a 0. Al día siguiente, la delegación chilena exigió la anulación del partido, "porque Uruguay alineó a dos africanos". Eran los jugadores Isabelino Gradín y Juan Delgado. Gradín había convertido dos de los cuatros goles.

Bisnieto de esclavos, Gradín había nacido en Montivideo. La gente se levantaba de sus asientos cuando él se lanzaba a una velocidad pasmosa, dominando la pelota como quien camina, y sin detenerse esquivaba a los rivales y remataba a la carrera. Tenía cara de pan de Dios y era un tipo de esos que cuando se hacen los malos, nadie les cree.

Juan Delgado, también bisnieto de esclavos, había nacido en Florida, en el interior de Uruguay. Mucho se lucía Delgado bailando la escoba en los carnavales y la pelota en las canchas. Mientras jugaba, conversaba, y les tomaba el pelo a los adversarios.

Uruguay era, en aquel etonces, el único país del mundo que tenía jugadores negros en la selección nacional.
Fuente: Eduardo Galeano

Historia del Fla-Flu

En 1912, se disputó el primer clásico de la historia del fútbol brasileño, el primer Fla-Flu. El club Fluminense venció al Flamengo 3 a 2.

Fue un partido movido y violento, que provocó numerosos desmayos entre el público. El palco rebosaba de flores, frutas, plumas, damas y caballeros. Mientras los caballeros celebraban cada gol arrojando sus sombreros de paja al campo de juego, las damas dejaban caer sus abanicos y se desvanecían, por causa de la emoción del gol o los agobios del calor y del corsé.

El Flamengo había nacido poco antes a la vida futbolera. Había brotado de una fractura del club Fluminense, que se partió en dos al cabo de muchos líos y muchos ruidos de guerra y griteríos de parto. Pronto el padre se arrepintió de no haber ahogado en la cuna a este hijo respondón y burlón, pero ya no había nada que hacer: el Fluminense había generado su propia maldición y la desgracia no tenía remedio.

Desde entonces, padre e hijo, hijo rebelde, padre abandonado, se dedican a odiarse. Cada clásico Fla-Flu es una nueva batalla de esta guerra de nunca acabar. Los dos aman a la misma ciudad, Río de Janeiro, perezosa, pecadora, que lánguidamente se deja querer y se divierte ofreciéndose a los dos sin darse a ninguno. Padre e hijo juegan para la amante que juega con ellos. Por ella se baten, y ella acude a los duelos vestida de fiesta.

Fuente: Eduardo Galeano

Nasazzi

No lo pasaban ni los rayos X. Lo llamaban el Terrible.

- La cancha es un embudo -decía-. Y en la boca del embudo, está el área.

Allí, en el área, mandaba él.

José Nasazzi, capitán de las selecciones uruguyas del 24, del 28 y del 30, fue el primer caudillo del fútbol uruguayo. Él era el molino de viento de todo el equipo, que funcionaba al ritmo de sus gritos de alerta, rezongo y aliento. Nunca nadie le escuchó una queja.
Fuente: Eduardo Galeano

Leônidas da Silva

Tenía el tamaño, la velocidad y la malicia de un mosquito. En el Mundial del 38, un periodista francés, de la revista Match, le contó seis piernas, y opinó que tener tantas piernas era cosa de magia megra. Yo no sé si el periodista francés habrá advertido que, para colmo, las muchas piernas de Leônidas, podían estirarse varios metros y se doblaban o se anudaban de diabólica manera.

Leônidas entró en la cancha el día que Arthur Friedenreich, ya cuarentón, se retiró. Él recibió el cetro del viejo maestro. Al poco tiempo, su nombre ya era marca de cigarillos y de chocolates. Recibía más cartas que un artista de cine: las cartas pedían una foto, un autógrafo o un empleo público.

Leônidas hizo muchos goles, que nunca contaron. Unos cuantos fueron cometidos desde el aire, los pies girando, cabeza abajo, de espaldas al arco: él fue muy diestro en las acrobacias de la chilena, que los brasileños llaman "bicicleta". Los goles de Leônidas eran tan lindos que hasta el arquero vencido, se levantaba para felicitarlo.
Fuente: Eduardo Galeano

Eusebio

Nació destinado a lustrar zapatos, vender maníes o robar a los distraídos. De niño, lo llamaban Ninguém, nadie, ninguno. Hijo de madre viuda, jugaba al fútbol con sus muchos hermanos en los arenales de los suburbios, desde el amanecer hasta la noche.

En el Mundial del 66, sus zancadas dejaron un tendal de adversarios por el suelo y sus goles, desde ángulos imposibles, desataron ovaciones de nunca acabar.

Fue un africano de Mozambique el mejor jugador de toda la historia de Portugal. Eusebio: altas piernas, brazos caídos, mirada triste.
Fuente: Eduardo Galeano


Lo mejor de Eusebio