Sócrates: la inteligencia aplicada

Él fue la antítesis del buen atleta: estaba en contra de los entrenamientos individuales o colectivos y de la abstinencia -sobre todo del sexo, alcohol, tabaco, juerga nocturna y guitarra (que tocaba). Hasta su nombre se escapaba de lo convencional: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira. Estudió medicina mientras jugaba, se expuso en la política y vio el binomio directivo-jugador desde la óptica de las relaciones laborales. Se entregó a la ciudadanía con ahínco, siendo intransigentemente solidario con los compañeros de profesión. Para emplear el término típico de la inútil y necia dictadura militar brasileña, Sócrates era subversivo. Aunque, desde el punto de vista estrictamente democrático, un cordial y saludable subversivo -de gran utilidad a la humanidad.

Por casualidad, nació en Belém del Pará el 19 de febrero de 1954 y se creó en la ciudad paulista de Ribeirao Preto, donde a los 16 años ya actuaba en el Botafogo Futebol Clube paulista. A los 18, en la faculdad de medicina, Sócrates supo conciliar el curso con la vida de crack. Desde entonces, atraidos por el soberbio manejo de balón del centrocampista y atacante esencialmente técnico, varios equipos brasileños lo querían. Mucha gente más veterana pasó a ver en él a la reedición de Ipojucan, el excepcional vascaíno de, también, 1,91m de estatura, de juego muy clásico, que usaba con propiedad el tacón y hacía desplazamientos largos increíbles. Sin embargo, Sócrates, que nunca había visto a Ipojucan, escuchó esas comparaciones agradecido. Por ese tiempo, decidió sólo irse del Botinha (apodo académico del Botafogo de Ribeirao Preto) cuando concluyera el curso universitario. Y en el 76, ya profesional en el fútbol, el universitario fue el máximo goleador del Campeonato Paulista con 15 goles. Dos años más tarde, como prometiera, Sócrates permitió que fuera negociado con el Sport Club Corinthians paulista. Y en la ocasión ya era médico.

De cara, sin rodeos, así que llegó al club de la capital se dijo enemigo de las concentraciones: "si cada jugador cuidara de la propia resistencia, sería más responsable". Los conservadores de todos los matices pusieron la barba en remojo -aunque el barbudo fuera él, Sócrates. Y peludo también. Después, con tranquilidad, dijo que fumaba, bebía y tocaba la guitarra. Aún así, lo que los fanáticos hinchas corintianos tuvieron dificultades de tragar fue cuando reveló que su corazón era santista. Pero todo eso no sería nada comparado alo que el apodado Magrao hizo jugando en el campo y en los despachos del Corinthians. En 1979, Sócrates venció el Campeonato Paulista e, inspirada en él, se instaló en el club la democracia corintiana -conjunto de acciones que hizo, por ejemplo, que el voto del jugador suplente tuviera igual valor al del directivo de fútbol y que las decisiones sólo valieran se expresasen la voluntad de la mayoría. Hoy, eso es normal, hace parte del cotidiano de Brail, pero en la época del execrable régimen militar...

En ese mismo año del 79, Sócrates se estrenó en la selección brasileña el 15 de mayo. Disputó la Copa América (también del 83) y el Mundialito, firmándose en el equipo titular hasta el Mundial de España, en 1982, cuando formó con Zico, Falcao y Cerezo el cuadrado mágico que encantó al planeta, a pesar de que Brasil no lo hubiera ganado. De vuelta al club blanquinegro, el Doutor -nombre que le fue dado en función del título universitario y por el hecho de saber todo sobre fútbol- hizo al equipo campeón paulista. Y repetiría al año siguiente, llevando a la masa corintiana al delirio. Por verlo hacer jugadas mágicas con el tacón, Magrao recibió de Pelé un comentario curioso: "Juega aún mejor de espaldas que de frente". A esa altura, el Doutor era buscado por emisarios europeos queriendo llevárselo, todos viendo en él a un crack que efectivamente aplicaba la inteligencia. Pero Sócrates -con 302 partidos y 166 goles por el Corinthians- insistía en quedar en Brasil.

Pero la enmienda del diputado Dante de Oliveira -que restituía al País el derecho a realizar elecciones democráticas directas en todos los niveles- no se aprobó en el Congreso Nacional y, frustrado, Magrao se fue a la Fiorentina, en 1984. En Italia tuvo varios motivos para no adaptarse -uno de ellos, además del frío, el exceso de entrenamiento físico, ya que estaba en contra de la práctica. Se quedó en Florencia hasta 1986, aprovechando el tiempo para aprimorarse en materia de arte e historia natural.

En su primer retorno a Brasil, se fue a la campineira Ponte Preta. Sin embargo, en Campinas se dio cuenta que las promesas que le había hecho no se cumplió y que, ni siquiera, su dinero le fue pagado. Resultado: Sócrates volvió a Firenze. Y a seguir, felizmente, sería adquirido por cesión por el Flamengo y fijó residencia en Río de Janeiro. Una de las cosas que lo animó a desembarcar en la Gávea fue la posibilidad de hacer pareja con Zico -su ídolo y compañero de travesuras. Y que con el Doutor perdió el Mundial de aquel mismo 1986 -año en que ambos concluirían sus participaciones con el combinado nacional. Jugando 65 partidos y marcando 25 goles por la selección.

Para su tristeza y la de Zico, en el rojinegro sólo actuarían una vez juntos. Durante más de un año, cuando el Doutor tenía condiciones de juego, el Galo estaba lesionado; cuando Zico podía, era él el que se encontraba en el departamento médico. Eso, sin embargo, no impidió a Sócrates de recibir la banda de campeón carioca de 1986. Al año siguiente, por divergencias financieras, Magrao se fue del Flamengo. Y quiso abandonar el fútbol, yéndose al interior de Sao Paulo a jugar partidillos y ejercer la medicina.

Entre tanto, sin que lo esperara, le llegó una invitación del Santos Futebol Clube para que vistiera la camiseta blanca, la misma que sirvió de manto para O Rei Pelé y otros cracks santistas. Sócrates, sin mucha elucubración -olvidado de que sus piernas sentían el peso inexorable de los 34 años de bohemia y sin casi ninguna preparación física-, se fue a la Vila Belmiro. Para quien sabía dar cadencia a un partido como él, no le fue difícil jugar aquel Campeonato Paulista de 1988 con el Peixe. Sin embargo, también ya no se adaptaba a los viajes constantes, que lo hacían ausentar de casa, donde sus hijos crecían. Y paró otra vez.

De vuelta a Ribeirao Preto para ser solamente médico, Magrao no resistió y aún disputaría algunos partidos del Campeonato Paulista de 1989 con Botafogo local, el mismo Botinha que le dio a conocer. Y, después de despedirse de los campos, efectivamente fue ejercer la profesión exclusiva de médico. Aún así, cuando se entendía conformado sin fútbol y disfrutando los últimos años de ídolo de su hermano Raí, tuvo una recaída y asumió, a pedido de su ex-compañero de selección Leandro, la dirección técnica de la Associaçao Atlética Cabo-friense, en el interior del estado de Río. Su éxito fue llevar al club a la primera división del Campeonato Carioca. No obstante, en Cabo Frio el Doctor Sócrates se dio por satisfecho con eso y volvió a Ribeirao Preto para -por fin- ser sólo médico.

En el terreno de las ideas políticas, se mantuvo en la militancia de izquierdas, sin alardes, en el Partidos dos Trabalhadores, organización que eligió a Luiz Inácio Lula da Silva presidente de la República, autoridad con quien el Doutor, en Brasília, ha jugado algunos partiditos entre amigos. Sin embargo, Magrao nunca pretendió ser político.

En el fondo, él es igual a esta frase de una revista: "Sócrates jamás se esforzó para ser un crack. Sencillamente lo era".
Fuente: Antonio Falcao


Lo mejor de Sócrates