El parricidio

Al fin del invierno de 1993, la selección colombiana jugó en Buenos Aires un partido de clasificación para el Mundial. Cuando los jugadores colombianos entraron a la cancha, fueron silbados, abucheados, insultados. Cuando salieron, el público los despidió de pie, con una ovación que se escucha todavía.

Argentina perdió por 5 a 0. Como de costumbre, fue el arquero quien cargó la cruz de la derrota, pero la victoria ajena fue celebrada como nunca. Por unanimidad, los argentinos agradecieron el prodigioso juego colombiano, goce de las piernas, placer de los ojos: una danza que iba creando, con coreografía cambiante, su propia música. El señorío del "Pibe" Valderrama, un mulato plebeyo, daba envidia a los príncipes, y los jugadores negros eran los reyes de la fiesta: a Perea, no había quien lo pasara, al "Tren" Valencia, no había quien lo parara, no había quien pudiera con los tentáculos del "Pulpo" Asprilla, y no había quien atajara los balazos de Rincón. Por el color de la piel y el color de la alegría, aquel parecía un cuadro del Brasil de los mejores tiempos.


Los colombianos llamaron "parricidio" a esa goleada. Medio siglo antes, habían sido argentinos los padres del fútbol en Bogotá, Medellín o Cali. Pero Pedernera, Di Stéfano, Rossi, Rial, Pontoni y Moreno habían engendrado un hijo más bien brasileño, por esas cosas de la vida.

Fuente: Eduardo Galeano


Argentina x Colombia (1993)